viernes, 7 de octubre de 2016

Los abatidos de una guerra falsa

  • por Exequiel Arias para el Diario del Juicio

PH Elena Nicolay


“¿Me escucha, señor presidente?” preguntó Jorge Omar Lazarte el pasado jueves 29 de septiembre. El imputado, que participa de las audiencias de la megacausa “Operativo Independencia” por teleconferencia desde Comodoro Py, pidió la palabra ante el Tribunal con el objetivo de contextualizar el período histórico en el que se desarrollaron los eventos que están en juicio.

Lazarte formuló una serie de consideraciones que, en sus palabras, se oponen al “relato subjetivo, parcializado, plagado de manipulaciones, inexactitudes y falsedades” que atravesarían tanto los documentos oficiales del Ministerio Público Fiscal como los testimonios de las víctimas, y que “no dan cuenta de un período muy importante de la historia argentina”. En esta acusación expuso, como argumento pilar, la afirmación de que “la República estaba en riesgo” y que la respuesta del gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón fue acertada debido a la pre-existencia de un contexto bélico en el sur de la provincia: “Muchos podrían tomar como verdadero que, sin motivo cierto, las Fuerzas Armadas y de seguridad desplegaron sus efectivos en el sur provincial” sostuvo Lazarte. En el mismo sentido, agregó que la presencia en Tucumán de las Fuerzas Armadas no tuvo la impronta de un ejército de ocupación, sino que surgió como respuesta oficial ante la emergente necesidad de proteger la integridad territorial de la provincia, en el marco del “escenario real de una guerra revolucionaria”.

Esta aseveración del imputado, que se encuentra en perfecta sintonía con la “teoría de los dos demonios” (la falacia de que la represión ilegal fue una respuesta a la violencia de la guerrilla), fue luego respaldada por otros argumentos de matices similares: “El PRT tenía intenciones de crear un brazo armado y el ERP quería instalar una zona liberada, conformando un estado independiente en el sur de la provincia, para luego pedir el reconocimiento internacional de las Naciones Unidas: buscaban cambiar nuestra Argentina tradicional, con sus virtudes y defectos, por la patria socialista en el marco del avance del comunismo; querían vulnerar nuestra soberanía nacional” sentenció.
Luego, hacia el final de su “reflexión” y ante la consulta del presidente Gabriel Casas, el imputado se negó a responder las preguntas que ambas partes del juicio podrían hacerle sobre su reciente exposición. Actualmente, Jorge Omar Lazarte está acusado como autor material por delitos contra dos víctimas y, por otro lado, como autor mediato de 133 casos de violación de domicilio, 207 casos de secuestros, 175 de aplicación de torturas y 88 de homicidios.


Cuando un amor se va

Teresa Beatriz Alarcón relató al Tribunal lo que, alarmadas, comentaron con su cuñada en agosto del 75, luego de los terribles sucesos: que su hermano Jacinto fue detenido entre golpes y forcejeos, y que no les dijeron a dónde se lo llevaron. El relato de Teresa fue contundente y dio cuenta del miedo que les tocó vivir a ella y a su cuñada durante la desaparición de Jacinto. Sin embargo, los hechos que dañaron a la familia alcanzaron un volumen más profundo en las palabras de su sobrina Julia, quien también prestó declaración ante el Tribunal Oral Federal para denunciar las injusticias vividas por su padre.

En el año 75, Julia Elena Méndez vivía con sus padres y hermanos en Villa Carmela. Su padre, Jacinto Reyes Méndez, trabajaba como peón en una finca cosechando limones y como empleado en una constructora. Una noche, mientras todos dormían, la familia escuchó fuertes golpes en la puerta delantera, seguidos de un estrepitoso sonido de vidrios rotos. Cuando se despabilaron y prendieron las luces, la casa ya estaba ocupada por una multitud de intrusos con rostros cubiertos y que portaban armas. Julia relató que uno de estos sujetos la empujó e hizo que se lastimara con un pedazo de vidrio que había caído de la ventana que rompieron para ingresar, y que otro le dio dinero a su mamá para que la llevara a un hospital.

Esa noche, su padre fue cargado en un auto y no volvió por tres largos meses. Años después, Jacinto le comentó a su hija que lo llevaron con los ojos vendados pero que logró darse cuenta de que se encontraba en la Escuelita gracias a que escuchó, a lo lejos, un carro que anunciaba por los parlantes la presentación de Leo Dan en Famaillá.

La madre de Julia buscó a su marido en muchos lugares. La noche del secuestro fue hasta la Jefatura de Policía para averiguar su paradero, pero el nombre de Jacinto no figuraba en ningún libro o acta de detención. Posteriormente, presentó un habeas corpus en los Tribunales. Sin embargo, estas acciones no tuvieron éxito y la familia se vio resignada a esperar una respuesta. Tres meses después, Jacinto fue liberado y pudo regresar a su casa. Parecía, en palabras de Julia, que había estado en un campo de concentración. “Tenía ese aspecto que vemos en las películas de los alemanes: flaco, barbudo, con la piel pegada a los huesos, todo lastimado y enfermo”, relató Julia entre sollozos, “como que estaba ahí, pero su mente no: no se ha recuperado nunca”.

Las heridas del pasado y sus secuelas, tanto en el cuerpo como en la subjetividad de Jacinto, dan cuenta del grave error que comete Lazarte al catalogar como “escenario bélico” al complejo contexto socio-político que vivía Tucumán en el año 1975. Bajo ningún punto de vista, el mencionado trabajador rural puede ubicarse en igualdad de condiciones con el grupo armado que se lo llevó preso de manera sorpresiva y luego de un allanamiento ilegal en su domicilio. Asimismo, la vigencia de un gobierno constitucional en el momento de los hechos tampoco justifica la implementación de prácticas de tortura y golpizas contra Jacinto.

La llamada “guerra” a la que Lazarte hace referencia jamás existió: en todo caso, el Estado y sus fuerzas armadas fueron los artífices de un plan destinado al aniquilamiento y exterminio sistemático de una porción del pueblo argentino.

Jacinto Reyes Méndez, quien falleció a mediados de este año, fue víctima del terrorismo de Estado. El relato de su hija ilumina el sendero que el Ministerio Público Fiscal y los querellantes privados transitan cada semana en la búsqueda de verdad y justicia. El testimonio que prestó Julia no sólo constituyó una denuncia precisa, sino que también logró expresar la angustia vivida en una época teñida por la incertidumbre. Un testimonio que, atravesado por la tristeza de su más reciente pérdida, da cuenta de aquel inconfundible dolor que Leo Dan expresa en uno de sus versos: “cómo sufre un corazón cuando un amor se va”.

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