lunes, 3 de octubre de 2016

Crónica Jueves 29 de Septiembre: “no te des la vuelta, volá o sos boleta”

  • por Marcos Nahuel Escobar para el Diario del Juicio
Vista de las aulas donde mantuvieron cautivos a los secuestrados en el ex CCD "La Escuelita de Famaillá", actual Sitio de Memoria
PH Archivo de H.I.J.O.S. Tucumán



Arsenio Fabio Pedraza y Segundo Antonio Villagrán, amigos de toda la vida. Oriundos los dos de Bella Vista, comparten una serie de experiencias que los unen más allá de cualquier amistad convencional. El pueblo, el Ingenio, los amigos, su secuestro, su estadía simultánea en el Centro Clandestino de Detención (CCD) “La Escuelita” en Famaillá, el hecho de que fueron liberados la misma noche, la picana, la tortura, las quemaduras, los golpes, las cicatrices, la jubilación en el Departamento de Vialidad de la Provincia. Ambos declararon ante el Tribunal Oral Federal de Tucumán el mismo día, jueves 29 de septiembre. Uno después del otro.

Pedraza, quien ya había prestado declaración ante la Comisión Bicameral de Tucumán anteriormente y ante el Juzgado Federal, comienza a relatar su secuestro en agosto de 1975.


El testigo cuenta que efectivos de la policía fueron a buscarlo a casa de su madre pero -al no encontrarlo- dejaron la orden de que debía notificarse en la comisaría de Bella Vista, de lo contrario volverían a buscarlo.
“Mi padre me dijo que no lleve plata porque me la iban a robar. Así que llevé solamente el documento, cigarrillos y una caja de fósforos”, cuenta Arsenio al tribunal.

Pedraza afirma que lo llevaron a un calabozo de la comisaría, sin que se presentaran cargos en su contra y sin que hubiera un motivo aparente, más que la orden de un tal teniente Barceló, quien tardó varias horas en llegar al lugar.

Dice el testigo: “a mi me levantaron de arriba. Yo era peronista y estaba afiliado al partido, pero no tenía nada que ver. En el calabozo estaban el Picha Ruiz, José Serra y Antonio Villagrán. Yo los conocía a todos, eran changos de ahí, del pueblo. Ya están todos muertos menos Antonio. Ahí había un charco de sangre mal lavado y me dijeron que al Angelucho Díaz le habían quebrado la nariz y lo habían dejado en el piso. Siempre fue muy jetón ese chico”.

Después de varias horas, el ya fallecido teniente Barceló se presentó en la comisaría y ordenó que los cuatro fueran trasladados . El testigo cuenta cómo él y sus tres amigos fueron empujados a la parte trasera de un auto y llevados por la fuerza hacia el Ingenio Bella Vista, donde había una base militar que, según testimonios, funcionaba como lugar de detención clandestina desde año 1974, un año antes de la fecha oficial de inicio del Operativo Independencia. Allí les vendaron los ojos y los ataron de pies y manos.

Luego, fueron trasladados hacia el sur, a una edificación que el testigo identificó como una escuela, según pudo constatar en los poco momentos en que lograba correrse la venda de los ojos. Allí eran obligados a sentarse en un salón grande en donde había alrededor de 16 personas, entre hombres y mujeres.

Pedraza dice que pudo reconocer durante su estadía allí a varios de sus conocidos del pueblo: Hugo Maldonado, “Angelucho” Díaz, “Dunga” Díaz, Emilio Ruiz, José Serri, el “Ogro” Díaz, son algunos de los nombres y apodos que vienen a su memoria.

Arsenio cuenta que fue torturado cruelmente durante sus cautiverio. “Me ponían cables. Me los ponían en los pezones y ahí abajo, en los testículos. Me tenían meta hincarme y golpearme en las costillas. Después me han torturado con agua. Me la tiraban en la cara y me hacían creer que me iban a dejar ahogar. Después me preguntaban por un tal José Díaz, que yo no conocía. Así era todos los días. Quedé mal hasta psicológicamente. Cuando volví a mi casa intentaba dormir y no podía, me despertaba gritando.”, rememora, con tranquilidad pero con firmeza.

También recuerda la insalubridad del lugar, lo asquerosa que era la poca comida que les daban y cómo las mujeres eran especialmente maltratadas. Se refiere puntualmente a un momento en el cual pudo oír a uno de sus captores ofreciendo la libertad a una mujer a cambio de sexo. Recuerda también que en una ocasión se escuchó un disparo dentro del salón donde se encontraban cautivos, aunque no puede afirmar que hayan matado alguien o si solo fue para asustarlos.

Poco antes de ser liberado, al testigo le sacaron la venda de los ojos y lo fotografiaron, le pusieron una pistola en la cabeza y lo obligaron a firmar un papel, el cual ni siquiera pudo leer.

“Cuando nos sueltan lo agarran de punto al ‘Sapo’ Molina y a Villagrán, los empujan y nos dicen que rajemos de ahí, que no nos querían ver más o éramos boleta -cuenta-. Nos largaron en medio de la ruta. Estábamos el ‘Sapo’, Antonio Villagrán, José Serri y otros más. Éramos alrededor de 7 u 8. Yo pregunté si alguno tenía cigarrillos. A Molina le habían devuelto el paquete y fumamos uno entre tres. Fue realmente un dolor muy grande. Para mis padres, porque no sabían dónde estaba yo. Para mí también. Sobreviví porque fui bien criado. Bien pastiao como se dice. Yo la verdad que no tenía nada que ver. Me acuerdo que una vez había un chico sentado al lado mío que había mentido que había estado en el combate de Manchalá para que lo dejen de torturar. Pero yo no sabía nada. Siempre preguntaban lo mismo. De dónde salía la plata, dónde nos juntábamos”.

El defensor público Bertini se adelanta al testimonio del Segundo Antonio Villagrán, quien debía ingresar a la sala en cuanto Pedraza concluyese. El abogado saca a colación una declaración escrita, la cual cita textualmente a Antonio para intentar contradecir a Arsenio.

El fiscal Camuña interviene ante el juez, alegando que una confrontación de declaraciones es pertinente a un careo, por lo cual Bertini no puede contraponer a dos personas sin consultarlo con el tribunal.

El debate excluye por momentos al testigo, e intervienen solamente la defensa, la fiscalía y el presidente del tribunal. El testigo queda prácticamente olvidado mientras  se esgrimen argumentos legales  a los gritos. Finalmente la presidencia da lugar a las preguntas de la defensa pública, aunque ésta decide retirarlas.

Arsenio Fabio Pedraza se retira de la sala e ingresa Segundo Antonio Villagrán. Se sienta en la misma silla que ocupó su amigo hacía pocos segundos y comienza a relatar la historia de su secuestro.

Antonio, “Ungo” para los amigos”, vivía solo en El Cuadro, muy cerca de Bella Vista. Trabajaba como temporario en el Ingenio y hacía changas para mantenerse, como las siguió haciendo durante toda su vida. Una mañana de agosto salió a la puerta de su casa donde vio pasar por la vereda de enfrente a gente que reconoció como oficiales de la comisaría de Bella Vista, vestidos de civil. Estos se percataron de su presencia y cruzaron la calle y comenzaron a golpearlo. Luego ingresaron a su vivienda y destrozaron el lugar.

Antonio fue llevado al Ingenio, donde funcionaba la base militar descripta por Pedraza, y luego a la comisaría. Allí se encontró con “Angelucho” Díaz, y vio cómo le partían la nariz a golpes.

En la comisaría le vendaron lo ojos y lo metieron en la parte de atrás de un automóvil junto con Pedraza, Angel y Dunga Díaz. Los llevaron hacía un lugar incierto sin ser informados, ni ellos ni sus familias.

En ese lugar, que no identifica, sufrió tremendos tormentos. “Me sacaban dos o tres veces a la noche, me pegaban, me picaneaban, me torturaban. Me ponían los cables en los genitales. Había mujeres también ahí, sentía como gritaban a la noche. Creo que firmé algo, pero tenía los ojos vendados todo el tiempo. Me preguntaban cosas pero yo no andaba metido en nada. Yo soy un trabajador honesto. Para liberarnos nos subieron a una camioneta y nos largaron en la ruta. Un soldado me sacó la venda y me dijo “no te des la vuelta, volá o sos boleta”. Nos dejaron tirados en Medina, sobre la ruta 38. La última vez que lo vi a Angel Díaz estaba sobre un charco de sangre en la comisaría, le habían partido la nariz. Después nos llevaron a ese lugar y nos tuvieron como un mes.”

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