jueves, 6 de octubre de 2016

Crónica viernes 30 de Septiembre: "Un poco humanos"


  • Por Fabiana Cruz y Hugo Hernán Díaz para el Diario del Juicio
Septiembre de 1975
PH Archivo Operativo Independencia - Gentileza Archivo Nacional de la Memoria



Flavio Fernando Soria Ovejero nació el 9 de septiembre de 1974, y vivió el secuestro de su padre Fernando Arturo Soria Ovejero, un mes antes de cumplir su primer año de vida. Debido a la corta edad que tenía, debió hacer una reconstrucción de los hechos a partir de los relatos familiares y de amigos.

Fue un 20 de agosto del 75’ en horas de la madrugada, cuando un grupo militar rompió la puerta de su casa en Santa Lucía y se llevaron al por entonces militante de la agrupación Montoneros Fernando Soria Ovejero. El 11 de septiembre el cuerpo de la víctima fue encontrado en casa de gobierno, fusilado. “Tenía más de treinta tiros en todo el cuerpo” relató Flavio. Además contó otra particularidad: “En el velorio la mayoría de las personas que habían no eran amigas, ni familiares de mi padre”.

Su madre por su parte, Elvira Rosa Roldán, era seguida constantemente por dos personas. Él junto a su madre fueron secuestrados por unos días en los que permanecieron en la escuelita de Santa Lucía. Amenazaban a Elvira con matar a Flavio, a quien se referían como “el paquetito”. Durante el cautiverio, el niño perdió mucho peso y estaba en mal estado.

Producto de la constante aplicación de picana eléctrica Elvira tiene actualmente los dedos del pie quemados. Al ser liberados fueron tirados en un río de la zona.
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Manuela del Carmen Flores Fregenal, fue citada ante el TOF para testificar por los hechos que perjudicaron a su yerno (Julio Estegidio Soria) y a su hija (Marta Adela Álvarez).

Julio Soria y Marta Álvarez tenían dos hijos, uno de un año y medio y otro de 15 días de vida. Se encontraban viviendo en la casa de la madre de Marta, en Las Mesadas (Santa Lucía) por lo reciente del parto de Marta. Manuela recuerda que Julio trabajaba pelando cañas, y que no tenía militancia alguna. Un 15 de agosto por la noche, en el año 75’, ingresaron un grupo de personas se acercaron al domicilio de Las Mesadas y se hicieron pasar por el hermano de Julio. “Si es mi hermano porque no me busca él” les decía Julio, sin embargo, con la excusa de hacerle averiguaciones, se lo llevaron y nunca más se supo nada él.

Manuela intentó averiguar sobre el paradero de su hijo, pero el mensaje para ella fue claro: “Hágase cargo de sus nietos, porque el padre no va a volver más”.


NorWinco

Juan Carlos Camuñas fue secuestrado en horas de la noche el 4 de agosto de 1975 en la ciudad de Lules. Ingresó a su casa un grupo comando acusándolo de volar un avión militar, lo golpearon a él, a su mujer y su suegro. Los secuestradores lo subieron a un vehículo y el recorrido continuó con la búsqueda de “el cuervo” Pérez y la “santiagueña” Monti. En un primer momento los llevaron al ingenio de Lules, luego a la comisaría de Famaillá y posteriormente a la Escuelita de Famaillá donde serían torturados. Juan Carlos recuerda haber escuchado una conversación en la que el grupo que los mantenía en cautiverio decía “se nos fue la mano” en referencia a la santiagueña, por lo que pudo inferir rápidamente que la habían matado.

En la Escuelita eran golpeados varias veces al día, picaneados e interrogados. Les preguntaban acerca de los extremistas. Los tres secuestrados trabajaban en la fábrica NorWinco la cual se encontraba en pleno conflicto gremial debido a que los pagos estaban muy atrasados. Cuenta Juan Carlos además que un día, “unos compañeros habían dibujado unos signos del ERP en la fábrica” cuando ésta agrupación los visitó.

“El doctor Pisarello y el senador Herrera fueron las dos personas que ayudaron a que salga en libertad”, comenta Camuñas. Cuando lo liberaron, fue sosteniéndose de un palo para poder caminar hasta su casa por 10 km, “mamá, estoy en libertad” recuerda que fueron sus palabras al ingresar al domicilio.

El ex militar José María Menéndez había asumido como gerente de NorWinco, y una vez libre Juan Carlos, lo había obligado a presentar una renuncia ante la fábrica. El testigo cuenta que todavía posee material que documenta la renuncia y las diversas gestiones por las que pasó luego del secuestro.

Un mes antes de su detención, había sido secuestrado Rolando Camuñas, su hermano. “Para liberarlo a él, los militares nos obligaron a mí y a mi papá a venderles terrenos”. Rolando estuvo detenido 3 años en Rawson.

Otra cuestión que forma parte del relato de Camuñas, tiene que ver con los episodios que le ocurrieron con dos médicos: uno apellido Baldo y el otro Carrasco. Baldo, en la Escuelita de Famaillá, le había propiciado una patada que lo dejó casi sin respirar. Cuando Juan Carlos estuvo en libertad, lo reconoció por la voz y le recordó el hecho que los incluía a ambos, asegurando que el médico “se puso colorado” y no quiso escucharlo. Por otro lado recordó al doctor Carrasco quien le daba pastillas para sus dolores de mandíbula durante la detención. “Yo tenía miedo, no sabía si eran pastillas para envenenarme o qué, pero me hicieron bien”. Cuenta que Carrasco y un gendarme que le limpiaba después de ser picaneado “eran los únicos un poco humanos de ese lugar”.

Juan Carlos Baer era empleado de la fábrica NorWinco por el año 75’. Recuerda que en julio de ese año, se encontraba en su domicilio cuando un grupo de personas que estaban armadas y encapuchadas accedieron a su casa, levantaron de los pelos a su mujer, y al intentar defenderla lo golpearon tanto que terminaron por desmayarlo. Según lo que le contaron (no recuerda debido al desmayo) fue trasladado a una comisaría y luego a la Escuelita de Famaillá. Allí recibió diversas torturas e interrogatorios, “una vez me tiraron hormigas en todo el cuerpo”. Al día de hoy, perdió el 80% de su oído debido a al maltrato durante su detención. Entre los otros empleados que pasaron por lo mismo que él, recuerda a Rolando Camuñas, Raúl Cabrera y Oscar González. Baer dice que todos terminaron en la cárcel y fueron liberados luego de 5 años, salvo Rolando que pudo salir antes. Juan Carlos estuvo 4 años en el penal de Rawson y en esa instancia tuvo una perforación de intestino ocasionada por las torturas, por lo que tuvo que ser operado por los mismos militares.

Su último año detenido lo pasó en el penal de la Plata, y en el momento de su liberación junto a otros detenidos, les dijeron que los soltaban porque “son perejiles”, si no los habrían matado.

Juan Carlos escribió un libro en el que narra todo lo que tuvo que pasar a partir de su secuestro, “¿por qué eligieron una escuelita para secuestros y torturas? ¿por qué me detuvieron a mí?”, se pregunta.


El caso D’Hiriart

María del Milagro D’Hiriart, Guillermo José D’Hiriart y Luis D’Hiriart (este último por videoconferencia desde la ciudad de Bariloche) declararon ante el Tribunal Oral Federal, acerca de los hechos que perjudicaron a su hermano José D’Hiriart.

En agosto del año 1975, José D’hiriart vivía junto a sus padres y ocho hermanos en Piedra Buena. Fue periodista, jugador de Rugby, militó en el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y en el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Un día de agosto, se encontraba viajando en un colectivo cuando este fue interceptado por  una patrulla policial. Cuando procedieron a identificar a las personas, José salió corriendo y fue ejecutado en ese mismo momento. Su cuerpo herido fue traslado inmediatamente al Hospital Militar, en donde se documentó que finalmente perdió la vida.

Dos o tres días después de que José no había vuelto a casa, se hizo un allanamiento en el domicilio de los D’Hiriart, a Luis (un año menor que José) lo tiraron al suelo y lo golpearon con el caño de un fusil. Lo amenazaban diciéndole que si no hacía caso le iban a hacer lo mismo que a su hermano.

El padre de los 9 hermanos se encargó de hacer la denuncia por el allanamiento y de realizar todas las gestiones para encontrar a su hijo José. “Le dijeron que no lo busque porque estaba muerto”, comenta Guillermo D’Hiriart. Le autorizaron a que haga un reconocimiento de cuerpos en el Cementerio del Norte, allí se encontró con 10 cuerpos en tal mal estado que no pudo reconocer si alguno le pertenecía a su hijo. Luego no le  reconocieron el Hábeas Corpus y desde el juzgado no le dieron autorización para seguir buscando el cuerpo. Un día mientras se encontraba trabajando en Salta, recibió la información de una persona conocida, confirmándole la muerte de José. Así decidió volver a Tucumán y las consecuencias familiares fueron devastadoras, el hombre entró en estado depresivo.

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