jueves, 19 de marzo de 2020

Crímenes de Estado

Fotografía Elías Cura


Mariela Roxana Ramos

En la sala de audiencias, aún vacía, recuerdo las palabras de Ernesto Sábato, quién presidió la Comisión Nacional de Desaparición de personas, en sus siglas CONADEP: “Éste sufrimiento de seres humanos que lloran aquí por sus hijos, por nietos, por hermanos. ¿Cuánto más tendrían que sufrir los argentinos para poder comprender esta tragedia inmensa que llenó de tinieblas la vida de la República?

Tucumán fue epicentro de la represión más intensa en el interior del país. Centros clandestinos como la Escuelita de Famaillá, el Arsenal Miguel de Azcuénaga, el ingenio Nueva Baviera, entre otros,  forman parte de los más terribles relatos.

La acción sobre los cuerpos está centrada en el suplicio como técnica de sufrimiento. Apoderándose de los cuerpos en el ritual de los suplicios”, el pensamiento de Michael Foucault recorre la lógica de una sociedad disciplinaria, desde su panóptico todo puede ser vigilado y castigado.

Los testimonios de las víctimas documentan la existencia de centros clandestinos de detención y desaparición de personas, certifican que los detenidos estuvieron confinados en esos lugares, identifican a los protagonistas de crímenes de Estado cometidos contra miles de argentinos y argentinas.

En la reconstrucción del relato histórico, la familia Pereyra, participa uniendo fragmentos de una “arqueología de la crueldad y el horror”.

TESTIMONIO DE CARLOS ALBERTO PEREYRA

Es hijo de Alberto Pascual Pereyra, en su relato expresa: “Yo tenía doce años, estuve más de un mes detenido. Estuve detenido en el ingenio que está en Famaillá, el ingenio Nueva Baviera.” Refiriéndose a la situación de su padre explica: “Yo lo oí en la tercera o cuarta noche, después no lo escuché más a mi padre. Pregunté por él, pero nadie me decía nada. El año pasado identificaron sus restos en el Pozo de Vargas”.

TESTIMONIO DE JUAN CARLOS PEREYRA

Su relato comienza con la descripción de su parentesco con Alberto Pascual Pereyra: “Es mi tío, hermano de mi madre. Crecimos como hermanos, hermanos de crianza.” A continuación relata los acontecimientos de los días jueves 14 de octubre de 1975 y lunes 18 de octubre del mismo año: “El jueves 14 de octubre me dijo mi hermana Julia Pereyra que a las tres de la mañana se llevaron los militares a mi hermano, le dijeron además que si seguía preguntando la iban a hacer desaparecer. El lunes 18 de octubre, después de presentar un presupuesto, me dirijo a tomar el colectivo para regresar a mi casa, en la esquina un camión del ejército me para, me pide documento y me dice '¡este había sabido ser hermano del terrorista!’. Me pegan un culatazo en la cabeza, veintinueve días estuve detenido”.

Los testimonios de las víctimas permiten saltar un muro de silencio. El hablante se inscribe permanentemente en el interior de su propio discurso y al mismo tiempo inscribe allí al “otro”. Nombres con el tiempo y el espacio suspendidos, actualizados en la palabra que quiere ser oída.

lunes, 16 de marzo de 2020

La ex - Jefatura como Sitio de Memoria




Por Tina Gardella

Lo pide una mujer no sólo en su calidad de víctima y sobreviviente. Ha vuelto en estos días a ese sitio donde estuvo secuestrada y violentada cuando la sacan de su casa en mayo del 76 y donde hoy funcionan áreas de Educación.

Ha vuelto a Tucumán para testimoniar. La sala ha sido desalojada como exige el protocolo de asistencia y protección a las víctimas de violencia sexual en los centros de detención.

Habla de lo que le pasó  y les pasó y de lo que le hicieron y les hicieron. Y toda la narración tiene la matriz fundamental de la separación mente-cuerpo como estrategia material y simbólica para resistir y hacer frente a la perversidad.

Esa estrategia estuvo presente no solo en el relato de las humillaciones de ser y sentirse violentada en múltiples ocasiones, sino además en la interpretación de las condiciones de producción de esa propia estrategia de resistencia.

Entiende que esa estrategia fue producto no sólo de cierta organicidad de su militancia sino sobre todo del  trabajo de promoción educacional que realizaba en tanto las políticas públicas del estado tenían una clara definición en favor de los sectores más humildes. Por eso esperaba en la tortura la pregunta que nunca llegó acerca de lo que hacía o a lo que se dedicaba. Por eso tiene la certeza de que se quería eliminar no solo a las organizaciones armadas sino a toda ideología que consideraba al estado como actor fundamental ante las desigualdades sociales. El canto de la marcha radical de uno de los secuestrados en Jefatura era un claro ejemplo de la amplitud política del objetivo a eliminar.

Su relato aporta la frialdad y desprecio en los nombres de victimarios y la ternura extrema de quienes padecieron junto a ella o a quienes conoció en el cautiverio. La colchoneta compartida con Gloria Curia y el recuerdo hacia el adolescente santiagueño Alberto Lescano solo quiebran un momento su recuerdo.

Con dolor muestra las fotografías que tomó recientemente para señalar con total precisión el lugar de las celdas, el salón amplio y las duchas donde hoy está la playa de estacionamiento y algunas oficinas. Con consternación señala que la sala de torturas es hoy una oficina –“una oficina de Educación” recalca - donde se tiran trastos, muebles rotos, cosas en desuso...

Eso éramos quizás, trastos. Pero nosotros existimos. Los que nos están, existieron y lucharon. No sé de qué manera testimoniar pero vengo a representarlos con toda la humildad del mundo. Por ellos, por los que estuvieron vengo a pedir que la ex Jefatura de Policía sea Sitio de Memoria. Estos son momentos cruciales porque vienen otras generaciones que son más inteligentes y amplios que la nuestra. Hacen mejor las cosas. Seguro re significan nuestras luchas. Yo estoy aquí para certificar que nuestros compañeros estuvieron allí, que somos las palabras de ellos y que como no nos han vencido, pido en nombre de ellos, el Sitio de Memoria Jefatura de Policía.”

Posdata: es difícil traducir la entereza de la testigo. Es muy difícil escribir cuidando no herir o generar aún más dolor. Quiere este texto solo abrazar la valentía del compartir y el compromiso intacto de generación en generación.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Cuando los duelos se atreven a doler demasiado

Fotografía Elias Cura

Por Andrea Romero
Cuando un ser querido ya no está con nosotros solemos aplacar esa ausencia con recuerdos, fotos, regalos que alguna vez nos hizo, ropa que solía usar, anécdotas que nos regalan sus amigos y otras formas y maneras a las que acudimos para llenar el vacío que nos dejaron. Para reivindicarlos. Para tenerlos presentes. Atenuantes para sobrellevar el dolor. Maneras que tenemos de realizar el duelo de la pérdida, de la ausencia.

Sonia Mabel Pereyra entró a la sala de audiencia luego de que declararan su hermano y su tío. Llevaba en sus manos una foto en blanco y negro que no se pudo divisar desde la pecera- el espacio donde periodistas presencian la audiencia- a quienes representaba. Estaba sentada frente al Tribunal para dar su testimonio sobre el secuestro de su mamá Teresa, su hermano Carlos y su papá “Peto”.

Ante las preguntas de rigor que tiene como ritual efectuar la fiscalía, Mabel contó que tiene 44 años, la misma cantidad de años desde que se efectuó el golpe de estado el 24 de Marzo de 1976. En cuanto a lo que sabe sobre el secuestro y desaparición de Peto Pereyra, destacó que al principio no le contaron qué había pasado con su papá, sino que fue reconstruyendo la historia mediante el relato que sus familiares le transmitían; algo muy habitual en las familias que sufrieron el embate de la maquinaria represiva de las fuerzas armadas.

En paralelo a la reconstrucción de su historia, contó que buscó durante 43 años a su papá para saber qué pasó. “Quería saber si podía encontrar en algún lado a mi padre, ya sea vivo, perdido o muerto” dijo. Encontrarlo, sin importar cómo. En octubre de 2018 los restos de su padre fueron identificados en uno de los pozos de Arsenales. “Fue un logro”, sostuvo al referirse al reencuentro con esos restos después de tantos años, “tuvimos la suerte dentro de la catástrofe que nos pasó”, contó mientras se le quebraba la voz. “Ya tenemos parte de él con nosotros y pudimos saber cuál fue su final, algo que siempre me había preguntado”.

El silencio por miedo

El secuestro de su mamá y su medio hermano se produjo en la casa donde vivían en la ciudad de Concepción a diferencia de su papá Peto, quien fue secuestrado de su lugar de trabajo. Su hermana mayor y ella quedaron en la casa de una vecina cuando se llevaron a su mamá que días después fue liberada.

A Teresa, después del secuestro, le costó mucho seguir con la vida y sobretodo hablar. “Fue una vida difícil, tanto para mis hermanos como para mi madre. Fue duro. Cuando fui grande entendí los miedos que tenía mi mamá que hasta el día de hoy le cuesta hablar de lo que le pasó”, dijo Mabel ante la sala de audiencias.

La catástrofe social que produjeron las fuerzas represivas tuvo consecuencias en diferentes generaciones a las que nos alcanzan los dolores. El arrebato de seres queridos que sufrieron miles de familias llevó a que encontrar los restos fuera tomado como “un logro” por los familiares. Porque ante la incertidumbre, la certeza de “saber cuál fue su final” como dijo Mabel en relación al hallazgo de los restos de Peto, aplaca esa ausencia, ese dolor que la acompañó durante años y años de búsqueda de su papá. Un duelo que se atrevió a dolerle demasiado.


martes, 10 de marzo de 2020

Gracias a ustedes

Fotografía Elias Cura

Por Belén Castellanos
Hace un par de semanas declaró Juan Martín, un testigo que ya lo había hecho en juicios anteriores. Era viernes, minutos más de las 10 de la mañana en la sala del Tribunal y el testigo tomó contacto por videoconferencia desde Buenos Aires para declarar. Un minuto después, el fiscal le pidió que hable sobre el imputado Miguel Ángel Orlando Chaile y sus funciones en el centro clandestino de detención que funcionó en Jefatura de Policía, donde Martín estuvo detenido. El testigo recordó a dos oficiales con ese apellido, “eran padre e hijo”, dijo y agregó: “el primero estaba en el sector de información confidencial con (Roberto Heriberto) Albornoz y el otro no tenía capacidad de mando, era operativo”.


Entre las víctimas, en esta megacausa, se encuentra Dardo Molina, quien al momento de su secuestro era el vicegobernador de la provincia. Juan Martín contó en una declaración previa que lo vio detenido en la Jefatura. En esta oportunidad, el testigo, repasó las circunstancias en que lo vio, comenzando por su propio secuestro. Contó que el 14 de Agosto de 1976, fue secuestrado y llevado a la Jefatura. Que luego de un tiempo de haber pasado por torturas fue trasladado a la “zona de los calabozos”, donde vio a Molina. “Estaba muy golpeado, con heridas en la cabeza, como cuando a uno lo golpean con algo fuerte”, describió. Tenía los ojos vendados y no intercambió palabras con él, tampoco supo desde cuándo estaba ahí pero todavía recuerda haberse sorprendido mucho porque era “un personaje político fuerte” y no esperaba verlo en esa situación.

El testigo fue preciso y breve en sus respuestas. Contó que a fines del 76 lo trasladaron a lo que pudo reconocer con el tiempo como el Ingenio Nueva Baviera, otro centro clandestino de detención, y desde ese momento nunca más supo de Dardo Molina.

Pasó ya media hora y en la sala el cartel de Dardo se mantuvo todo el tiempo erguido por su hija Josefina Molina, quien en febrero de 2014 confirmó que los restos hallados en Pozo de Vargas eran de su padre. La identificación estuvo en manos del Equipo Argentino de Antropología Forense. Juan Martín terminó de declarar “gracias a ustedes. Memoria”, fueron las últimas palabras al concluir su declaración.

Las audiencias se realizan jueves y viernes a partir de las 9.30 de la mañana. Para asistir sólo es necesario ser mayor de 18 años y presentar el documento de identidad.

viernes, 6 de marzo de 2020

Sanación, reparación, restauración


Fotografía Josefina Molina. Pozo de Vargas

Por Tina Gardella
A las 10.05 de la mañana del jueves 04 de marzo entra a la Sala de Audiencias Ana María Muñoz. Lo viene haciendo desde el primer juicio. Pero esta vez se encamina hacia el lugar de los testigos. Es hija de Osbaldo Muñoz, secuestrado y desaparecido en mayo del 76. Su caso, junto al del ex senador Dardo Molina son los únicos dos que se ventilan en juicio oral y público por primera vez. De oficio sastre, la figura de un hombre de 45 años, alto, delgado, de bigotes, es recordada por su hija como ese padre que fue sacado violentamente de la cama por cerca de 20 personas vestidas de civil que al grito de “Ejército Argentino” obligaron a apagar la luz, se robaron radio, reloj, las cosas de la heladera y partieron raudamente. La familia –compuesta por Osbaldo, la mamá Nilda y los 3 hermanos-, vivía en el emblemático Barrio Victoria y alquilaba piezas. Una de ellas estaba ocupada por una pareja que vivía con sus 2 niños. Con el tiempo pudo saber que se trataba de Abel Herrera y Georgina Simerman, desaparecidos en Tucumán; en un Juicio, conoció a uno de esos hijos que brindó testimonio. Los restos de Osbaldo Muñoz fueron encontrados en el Pozo de Vargas en 2016. Por eso Ana María finalizó su testimonio con la foto del padre que llevaron y la del padre que le entregaron.

También atestiguó por el caso María Cecilia Muñoz. Como hermana mayor tuvo que hacerse cargo de la familia mientras su madre buscaba a su padre y sus hermanos menores acusaban recibo de lo sucedido. Aportó más detalles sobre el trabajo de sastre de su padre –heredado de su abuelo- y sobre los secuestros y detenciones que también se realizaron en otras familias del barrio como Mercado, Vega y Palavecino. Su madre siempre reconoció al “Tuerto” Albornoz como quien anduvo esa mañana del secuestro preguntando por el sastre para encargarle un trabajo y relacionando ese hecho con la negativa de la Comisaría a tomarle la denuncia.

Oscar Orlando Palavecino fue el tercer testimoniante. Con su voz y sus gestos trajo el interior jornalero del azúcar. Trajo las realidades sociales, políticas y económicas de la zona (“vivía en Caspichango, en Frías Silva, hachaba caña”); trajo las relaciones con sus creencias (“me secuestran el 16 de agosto día de San Roque”); trajo el terror ensañado de los CCD (“no se cansaban de torturarnos en la chimenea mota de Caspichango y en el Arsenal, hasta que nos liberan desnudos en Tapia después de 4 meses”); trajo nombres (“me llevan junto a Ramón “serrucho”  Castellanos, en Arsenales estaban Rocha, Moyano, Quinteros y Rosario “la ñata” Monasterio que servía la comida”); trajo el dato revelador (“en el Arsenal estaba a la par de mi lugar, un señor que era sastre, que temblaba cuando se acercaban a llevarnos por la monstruosidad de las torturas que nos daban”).

Patricia Matilde Macor fue la siguiente testimoniante. Su hermana Susana y su esposo Leandro “Parche” Díaz fueron secuestrados el 27 de mayo de 1976 de su domicilio en Rivadavia al 600. Susana estudiaba en la Facultad de Agronomía. Tenían un hijo de 1 año que luego Patricia adoptó y se constituyó en su hijo mayor. Junto a Leandro desapareció también su hermano José Américo. Testimonios aseguran haberlos visto en la Jefatura de Policía y luego en la Escuelita de Famaillá. El relato de Patricia es el relato de muchas familias víctimas del secuestro, desaparición y muerte de un ser querido. Su testimonio fue un claro ejemplo del proceso paralelo que sufrieron desde el no saber y no querer saber como mecanismo de defensa hasta conocer fehacientemente que se trató de un verdadero plan orquestado de aniquilamiento y exterminio; y junto a ello el paso de considerarse responsables de lo sucedido a reconocerse como también víctimas de ese plan. Al erigirse como representante de una familia victoriosa en tanto no aceptan la desaparición ni el olvido, emocionó a la sala al hablar de sus miedos y temores en la adopción de su hijo, del milagro de tenerlo y no ser un nieto al que se busca,  de constituir una familia unida en el dolor y por encima de la perversidad del carácter de desaparecida de su hermana Susana. Apeló a la importancia del obrar con conciencia, del mínimo arrepentimiento que espera de los acusados y de poder por fin, encontrar los restos de sus familiares queridos.

José Almerico desapareció un 10 de abril de 1976. Su hijo José Antonio Almerico tenía 9 años. Es el último testigo de la audiencia. Relata que su padre era camionero de la zafra y repartidor de gaseosas. Lo secuestran un sábado de mucho movimiento: había bingo en el Club Central Norte. Vivían en Marcos Paz al 1.900 y a las 14.30 un grupo de hombres vestidos de verde irrumpió a la casa y se llevó a su padre. La escena de violencia contra su madre, su abuela y su pequeña hermana de 1 año es recordada nítidamente en tanto niño que miraba lo que sucedía y niñita que lloraba, los golpes y amenazas con armas no es algo esperado recibir precisamente  por parte de los adultos. A eso se le sumó el incendio intencional del camión de su padre que estaba estacionado frente la casa. La vida fue dura para la familia. Su madre tuvo que salir a trabajar y él con sus 9 años a buscar por calles algún cacharro que se pudiera vender como chatarra. Las amenazas a la familia fueron continuas en el afán de evitar denuncias y declaraciones. Y el terror trajo consecuencias dolorosas en las relaciones: compañeros de la escuela que lo evitaban, amigos que no estaban en la casa cuando los iba a buscar. Al finalizar, expresó su gratitud por poder expresar lo que sentía: “Es un momento muy esperado por mí…porque siempre pensé, qué maldad podía hacer con mis 9 años para que me pegaran y apuntaran con el arma?”

jueves, 5 de marzo de 2020

Un tiro en la cabeza, desde atrás



Por Valeria Totongi
Omar Torres declaró por primera vez sobre las torturas, secuestros y ejecuciones en Tucumán hace ya 36 años. Lo hizo ante la Conadep, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, cuando apenas había pedido el retiro de la Gendarmería y hacía poco había caído la dictadura.  

Desde entonces, contó ante cuánto organismo nacional o internacional estuviese dispuesto a escucharlo, ante sobrevivientes, familiares de desaparecides, ante jueces y querellantes, y ante los mismos genocidas. Todas las veces, la misma verdad: las torturas, los secuestros, las ejecuciones, los cuerpos calcinados para evitar que los encontraran.  

Su testimonio fue fundamental para encontrar las fosas donde quemaban los cuerpos de las personas secuestradas en el Arsenal Miguel de Azcuénaga, el centro de secuestro, tortura y exterminio ubicado sobre la ruta 9, en Tucumán. Entre 1976 y 1977, estuvo en el Arsenal en tres períodos diferentes. Se ocupaba de la custodia externa del predio alambrado dentro del cual estaba el Galpón 9, donde mantenían a unas 60 o 70 personas secuestradas, hombres y mujeres, adultos, jóvenes y adolescentes.

Allí, vio cómo Antonio Domingo Bussi, dos veces gobernador de Tucumán –una como gobernador designado por la dictadura y otra, elegido por el voto de los tucumanos- ultimaba con un tiro en la nuca a los prisioneros.

El jueves 27 de febrero, Torres volvió a declarar en Tucumán esta vez, en la causa Tártalo, o, como se la conoce, “Operativo Independencia II”. Es posible que ya no se acuerde de cuántas veces lo contó, pero el relato sigue consistente: El grupo de gendarmes venía cada 60 días a Tucumán, desde Campo de Mayo (donde prestaba funciones). Los interrogadores rotaban cada 15 o 20 días, eran militares y policías que iban también a Rosario, Mendoza o Córdoba. Los oficiales que estaban con Bussi eran quienes realizaban las ejecuciones. Llegaban al Arsenal en grupos de 20 o 30. Los prisioneros se arrodillaban en el borde de las fosas y los oficiales se paraban detrás de ellos. Cada oficial ejecutaba a un prisionero, con un tiro en la cabeza, desde atrás. Atados, con los ojos vendados, arrodillados, desde atrás.

Los nombres de los ejecutores también van saliendo en el relato de Torres: Barraza, Apestey, Montes de Oca, Lafuente, Rivero, Palomo… Sobre aquellos que no figuran en ningún registro que pruebe que estuvieron destinados en Tucumán, en esa época, cabe la posibilidad de que sus papeles se hayan “perdido”, aseguró el ex gendarme: La propia Gendarmería se encargaba de borrar los destinos cuando los mandaban a Tucumán o a otros lugares donde hacían tareas que no podían conocerse. Arrancaban las hojas para que no quedara registrado. 

viernes, 28 de febrero de 2020

La intensidad de los silencios y la energía de la voz alzada



Por Tina Gardella

Las video conferencias están incorporadas desde hace tiempo a los procesos judiciales. Operan como dispositivos facilitadores de participación e interacción temporal/espacial. A través de este mecanismo, el jueves 27 se abrió la audiencia con dos video conferencias desde Mendoza.

Julio César Varela dio cuenta de los protocolos de movilización de las fuerzas militares en tanto desde Mendoza los trasladaban hacia Tucumán. En tren, de noche, hasta despertar en la base y CCD del Ex Ingenio Lules.

Orlando Enrique Sesto por su parte, narró lo que le tocó vivir en sus 16 años cuando en 1976 devuelven una carta que su madre le había enviado a Lilia, su hermana que vivía en Tucumán. La misma correspondencia devuelta tenía la leyenda “fallecida”. Su padre, que inmediatamente se trasladó a Tucumán, fue detenido y, amenazado, obligado a volverse a Mendoza. Una información anónima le aseguraba que el cuerpo acribillado de Lilia había sido enterrado en el Cementerio del Norte.

El caso del secuestro, desaparición y muerte del estudiante de Química Humberto Reyes Morales Ebrahim fue traído al recinto por sus dos hermanos: Ramón Carlos y Gladys Rossana Morales Ebrahim.

Ramón Carlos era un adolescente que cursaba en la Técnica Nº 2 cuando su familia se destruye. Casi sin hablar de sí sino de su hermano Humberto, describe y narra la escena desvastadora del miércoles 14 de abril de 1976 por la mañana en que el grupo de uniformados y civiles irrumpe violentamente en la casa familiar en la que estaba su madre y su hermanita en la cocina y él en el dormitorio. Destrozando libros, muebles y objetos, rompiendo puertas a patadas y preguntando por ese hermano culto, inteligente y estudioso que militaba en el Centro de Estudiantes de la Facultad de Bioquímica, Química y Farmacia, dejaron la casa con una niña de 4 años llorando en un rincón, una madre preguntando a los gritos por qué buscaban de esa forma a su hijo, y él mismo boca abajo en la cama, como le habían ordenado. Su relato no desperdicia silencios ante la certeza de que el silencio no es ausencia de sonidos sino presencia y densidad de existencia reflexiva. Hay que tomar aire y procesar el sufrimiento de su madre y el padecimiento de su padre quien siendo policía, tuvo la certeza de que sus propios compañeros comandados por el Tuerto Albornoz fueron los ejecutores de ese hijo…A Humberto lo secuestra otro grupo operativo ese mismo día y a ese mismo horario de la casa de su abuela en Bernabé Aráoz al 900. Sus restos fueron encontrados en 2016 en el Pozo de Vargas.

Gladys Rossana con su testimonio parecía preguntarnos ¿qué es la niñez, cuántas niñeces caben en ese genérico? Su relato afirma categóricamente que lo tremendo fue lo posterior a esa mañana atormentada, porque lo traumático fue que allí comenzó lo que llamó “infancia robada”. Con 4 años, tuvo que compartir el deterioro feroz de su madre que, ante la impotencia de no encontrar a su hijo se lastimaba permanentemente. El dolor de su padre de comprobar la traición de sus compañeros de la policía que ni siquiera le brindaban información acerca de su hijo. “No entendía con mi corta edad y saltando etapas, por qué tenía que ir a la Plaza Independencia pero no a jugar sino a compartir el dolor y el llanto con otra gente…no entendía esa ronda…no entendía por qué mi madre se moría de tristeza, porqué mi padre lloraba en silencio, por qué se murió con solo 50 años…”

Con energía en su voz y en su cuerpo, Gladys expresó que es inconcebible que a más de 40 años los culpables no se hagan cargo de lo que hicieron. Y que ese hecho de no hacerse cargo supone trasladar la responsabilidad a las familias que no pueden cerrar ni hacer duelo porque los responsables no asumen sus responsabilidades. “En nuestro caso –además- con el agravante que por nuestra religión islámica no podemos darle entierro a nuestro hermano porque aún no se encontraron todos los restos…No hay derecho a hacer lo que hicieron. Pido justicia”…

viernes, 21 de febrero de 2020

Tratamiento para recordar



Tina Gardella
Del hecho puntual, cercano y vivencial, al acercamiento y posicionamiento colectivo de memorias compartidas. Es el Juicio Nº 14 pero todo parece dicho por primera vez.  Raúl Osvaldo Guidi es el primer testigo del jueves 20 de febrero. Sus palabras instalan a Río Colorado, esa localidad clave entre Bella Vista, Simoca y Famaillá y sobre todo a su comisaría, virtualmente tomada para el circuito represivo del Operativo Independencia. Y con la comisaría, todo el pueblo tomado.

Mabel Inés Mansilla inunda de silencio y dolor la sala. Es la segunda testimoniante. Da cuenta de sus 59 años y de ser docente jubilada. En su relato vuelve hacia sus 14 años en 1975. Vuelve porque su hermana mayor, Olga Raquel y su compañero Tirso Luis Yáñez, son secuestrados y desparecidos en ese año. Esas desapariciones tienen –más allá de las consecuentes heridas de por vida- tramas complejas y opacas de relaciones truncas y experiencias traumáticas. Relata Mabel que su hermana Olga y su pareja Luis vivían en Concepción, en una casa pre- fabricada. Ella trabajaba en una “fábrica de cohetes” y él como soldador en un taller metalúrgico. Con su mamá y sus hermanos –René de 16 y Nancy de 9 años- habían ido a visitarlos en ocasión de un cumpleaños. Ambos militaban. Olga había estado detenida en el 72. De Tucumán a Rawson, de allí a Devoto y de Devoto a la liberación en el 73. Tenía una hija, Clarisa, de su anterior pareja que vivía con su padre y con Luis a Olguita, de 10 días. En la casa materna de Italia al 4.000 había un kiosco familiar al que se turnaban con su hermano René para atenderlo. En ocasión de un viaje de su madre, llegaron por la noche 2 autos con militares y policías encapuchados que obligaron a su hermano a cerrar el local y se lo llevaron. Mabel y su hermana Nancy quedaron solas en la casa buscando hacia donde ir puesto que ni vecinos ni familiares querían darles asilo por el supuesto peligro que significaba en esos momentos de terror. El periplo de su hermano René es cruel y devastador: fingiendo que en otro auto las tenían a sus hermanas apuntándoles con un arma, lo obligan a llevarlos a donde vivía su hermana Olga, en Concepción. 

Cuando llegan, los secuestran. Mabel relata, dolorida, que su hermano sólo recordaba los gritos de su hermana Olga y el momento que le ponen la bebé en los brazos. Lejos estaba de terminar la pesadilla. Como la familia de Tirso Yáñez había presentado un hábeas corpus y quien podía declarar porque vio el secuestro era René, diferentes patotas irrumpían por las noches en la casa con amenazas para que no lo hiciera.  La familia finalmente se fue a vivir a Salta. La casa había sido usurpada y su madre tardó en recuperarla. Nunca les dijo quienes se habían apropiado como forma de preservarlos de la maldad. Su hermano René nunca quiso hablar de lo que pasó. Su hermana menor Nancy recién ahora “está en tratamiento para recordar; yo, en cambio, hice y hago tratamiento para no olvidar”, finalizó.

Arturo José María Corroto y Luis Antonio Paz son los testimoniantes que completan la jornada diurna. Ambos son hijos de secuestrados y muertos desaparecidos. Eran niños cuando secuestran a sus padres, pero tienen la imagen que explica y tramita el después. Arturo es hijo de Pedro Corroto. Tenía una panadería en Monteros, estaba relacionado al vóley y militaba en una Agrupación Peronista. Su infancia y adolescencia está hecha de silencios. Verla sufrir a su madre, a partir de esa nefasta noche de 1977 en que lo llevan a su padre, lo marcó para no preguntar, no dar más problemas, ser lo más silencioso posible. Los restos de su padre fueron identificados en el Pozo de Vargas.

Luis Antonio es hijo de Antonio Domingo Paz, representante gremial de la ex textil Escalada y estudiante de Ciencias Económicas. Vivían en Los Ralos. Con sus 4 años y 2 meses, le quedó grabada la imagen de esa noche con su madre y él en el dormitorio y su padre estudiando en el comedor. De los 8 u 11 secuestrados de Los Ralos, solo 1 volvió y eso es toda una marca- expresó. De infancia difícil y supervivencia forzada a la ausencia como lo remarcó, Luis acepta la invitación del presidente del Tribunal para agregar algo hacia el final de su relato: “como hijo, quiero que sean castigados por cobardes. Ver el cráneo de mi padre con un orificio de bala en la frente es la muestra de la cobardía que hicieron. Como hombres, es fácil ser valientes con un arma en la mano. Desconocieron la ley porque tenían armas. Espero que ahora reconozcan la ley.”

Los restos de Antonio Domingo Paz fueron identificados hace 2 años en el Pozo de Vargas.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Un ataque a la organización de la clase obrera, con prácticas genocidas


Por Valeria Totongi
Una lógica que explique el horror, algo que demuestre que no se trató de la locura de unos monstruos cebados con sangre es lo que parece buscar cada testigo frente a los jueces en la sala del Tribunal Oral Federal en los juicios por crímenes de lesa humanidad. Por eso tienen tanto peso en el desarrollo de estos procesos los testimonios de personas expertas, investigadores que han dedicado años de trabajo a desentrañar y analizar los mecanismos con los que funcionó el terrorismo de Estado, los métodos que aplicó y las razones detrás de estas decisiones.

El testimonio de Ana Jemio, doctora en Ciencias Sociales que estudió para su tesis las mecánicas del Operativo Independencia, apuntó en ese sentido, el primer día de la reapertura de las audiencias en la Megacausa en la que se juzga a 25 imputados por crímenes contra 336 víctimas de secuestros, torturas y asesinatos, entre otros delitos en el marco del terrorismo de Estado en Tucumán, desde febrero de 1975.
“Intentaron destruir procesos organizativos, más allá de los individuos”, afirmó la investigadora ante el tribunal integrado por Gabriel Casas, Carlos Enrique Jiménez Montilla y José Quiroga Uriburu.

Las prácticas genocidas que se implementaron desde el Estado tuvieron el objetivo declarado de perseguir a la guerrilla instalada en el monte o a los militantes sociales y políticos, pero también buscaron aterrorizar a la población para disciplinarla y así destruir procesos de organización social y sindical.

“Durante muchos años, el Operativo Independencia fue declarado como un operativo que venía a combatir a la guerrilla en el monte tucumano. Ese discurso tiene pregnancia aún hoy -señaló Jemio-. Y no es mentira, efectivamente hicieron eso, pero no persiguieron exclusivamente a guerrilleros o a sus colaboradores, sino que tuvieron el objetivo de atacar territorialidades sociales. Para ello construyeron la figura del ‘subversivo’, que aplicaron en un sentido amplio”, dijo.

Por eso, el genocidio en Tucumán no puede entenderse “sólo” en términos de exterminio, sino en relación con las liberaciones de los secuestrados, que volvían a  sus comunidades y mostraban lo que les había sucedido, para propagar el terror, explicó la experta en un pasaje de su testimonio. Durante más de dos horas, desplegó mapas e infografías, gráficos con estadísticas, datos y comparaciones para fundamentar su análisis sobre la mecánica de la represión en Tucumán, resultado de 15 años de investigaciones para su tesis doctoral.

La acción militar se distribuyó en una “zona de operaciones” y una “zona de retaguardia” que coinciden con la ubicación de fábricas y con las regiones más densamente pobladas, sobre todo con población obrera. La distribución territorial es un factor fundamental para comprender los hechos, porque cada militante tenía un entorno laboral, vecinal, familiar, de clase. “Esas zonas fabriles y de viviendas obreras, en el este, el norte y sur de la provincia, tienen una historicidad que se relaciona con la organización sindical y las luchas por las fuentes de trabajo y el salario” en los años previos.

Durante su investigación, contó Jemio, pudo establecer que un tercio de las víctimas del terrorismo de Estado en Tucumán sufrió secuestros y asesinatos antes del golpe de marzo de 1976. Al menos 60 espacios de detención clandestina funcionaron entre fines de 1974 y marzo de 1976 en la provincia. La instalación de estos centros de secuestro y tortura cerca de zonas pobladas, donde todos sabían lo que pasaba, tuvo el efecto de instalar -además del terror- el desaliento y la impotencia: “Se lograba así una capilaridad del terror, que estaba presente en todo momento, no como algo imaginado, y en todo momento de la vida”.

El terror era una vía, pero también había otras, como la del control poblacional y las de acción cívica y psicológica), que están consignadas en los propios reglamentos del Ejército. En algunas comunidades, la represión alcanzó a una gran proporción de la población. En Santa Lucía, por ejemplo, llegó a haber una víctima por cada 26 habitantes, mientras que en Famaillá, otro territorio donde se desplegó el Operativo Independencia, hubo una víctima cada de 100 personas, señaló.

El debate que se reanudó el jueves 13, luego de la feria judicial, incluye los procesos referidos a los centros clandestinos de detención “Arsenal” y “Reformatorio”, e incorpora a dos víctimas: el senador provincial Dardo Molina y el sastre Osvaldo Muñoz, y juzga la responsabilidad de dos nuevos imputados por hechos que fueron objeto de debate previo.

En la primera jornada de 2020 declaró, por videoconferencia, desde Mar del Plata, Carlos Alberto Albornoz, que en el año 74 integraba la comisión interna en la fábrica textil Grafanor, en Famaillá y que vivía en Santa Lucía cuando comenzó el Operativo Independencia. Albornoz confirmó que la base militar en el ingenio Santa Lucía era usada como centro clandestino de detención. Ramón Bernardo Córdoba, también de Santa Lucía, identificó “al coronel (Camilo) Colotti” como uno de los responsables de “la base” y dijo que, en la zona, actuaba personal militar de Tartagal. Roberto Liacoplo, que ya declaró en junio de 2016, en el juicio “Operativo Independencia”, amplió su declaración sobre los asentamientos militares en Lules: “Había una base militar en la zona conocida como La Bomba, otra en El Tuyango y una tercera en el casco del ex ingenio Lules. Estaban a cargo de (Julio Cayetano) Pelagatti”, dice Liacoplo. Dijo, además, que había operativos conjuntos entre militares y policías federales”.

Las audiencias se realizan los jueves y viernes, desde las 9.30, en el Tribunal Oral Federal de Crisóstomo Álvarez y Chacabuco. Pueden ingresar las personas mayores de 18 años y hay que presentarse con DNI

lunes, 17 de febrero de 2020

LAS VOCES SILENCIADAS-PUEBLOS TOMADOS- del llamado Operativo Independencia.



Por Dra. Inés Lugones

En la segunda audiencia del juicio por los delitos cometidos por las fuerzas represivas durante el operativo Independencia, un solo testimonio resumió con su precisión los métodos del terror instalado en la época: Inés Nélida Gabra. Hoy de 53 años, tenía sólo 17 cuando el ejército se llevó a su padre, atado y vendado. Un domingo de febrero de 1975, a las 7 de la tarde, recuerda con precisión la hora.

El padre de Inés, volvió a su hogar al poco tiempo, pero su torturado cuerpo, repleto de quemaduras y golpes no resistió mucho. Tuvo que ser hospitalizado. Murió unos días después. Sin embargo, esa no fue la única consecuencia del modus operandi del Ejército. Desde el momento del secuestro de su padre, por unos 40 soldados, el ejército se instaló en la casa y dispuso de todo, incluida la mercadería del almacén que era la fuente de ingresos de la familia. El fondo de la casa se convirtió en una base de operaciones de los militares.

A partir de lo vivido, nada fue igual para la familia. A 45 años de lo sucedido, Inés recuerda con voz quebrada que le apuntaban permanentemente con un fusil y que “salían de madrugada, vestidos de fajina, traían gente, hombres, mujeres, niños, lo llevaban al fondo de la casa, escuchaba gritos cuando eran torturados…” Habían transformado su vivienda en un Centro Clandestino de Detención.

Entre sus recuerdos y los nombres de los represores -Meyer, Lobairo y Tellería- emerge el nombre de un conocido de apellido Lugones que fue asesinado por sus captores y usurpadores de su vivienda, allí mismo. Seis largos meses duró esta ocupación y el horror sufrido por esta familia.
“Mi padre fue un buen hombre, noble, generoso y solidario con sus vecino”, dijo al finalizar su testimonio.





lunes, 23 de diciembre de 2019

Derecho a la verdad


Por Mariela Roxana Ramos

Fotografía Elena Nicolay





El filósofo alemán Friedrich Nietzsche expresa: “No hay hechos, sólo interpretaciones”. ¿Se disuelven los hechos en las interpretaciones o lo real es lo que resta de ellas? Aquello que somos, aquello de donde provenimos y que está en permanente estado de cambio interpreta los hechos, pero al mismo tiempo va resignificando nuestras subjetividades.

Nietzsche define a la verdad como “un ejército de metáforas en permanente combate”. Se puede plantear una guerra para imponer una interpretación como si fuera la única verdad o se puede plantear que la clave de toda verdad está en la diferencia que expresa el otro.

En nombre de la verdad se ha cometido el más grande genocidio de nuestra historia, en nombre de la verdad se ha invisibilizado al diferente, se ha silenciado su relato. Poner a la verdad en la esfera de la interpretación supone una apuesta a la libertad y una forma de deconstruir toda violencia, porque a la violencia se la enfrenta priorizando al otro, aceptando las diferencias y promoviendo la diversidad.

Texto y Contexto


Miércoles 11 de diciembre 9:30 horas, la sala del tribunal oral federal de Tucumán, en el marco del 14° juicio por crímenes de Lesa Humanidad, está dispuesta para la audiencia. Se escucharan los alegatos de apertura por parte de las defensas. Los abogados/as defensores dan inicio a la jornada. Proyectando imágenes que refieren al contexto en el que estuvo sumergida la provincia en el año ´75, en el Operativo Independencia. Las palabras que siguen a las imágenes, encienden una alarma: “En ese contexto nuestros defendidos no podían entender las órdenes que hubieran recibido de allanar y detener como ilícitas… Dentro de un gobierno constitucional nuestros defendidos entendían que esas órdenes no tenían contenido ilícito’’.

La fiscalía interpela la interpretación de las defensas y expresa: “Pesa sobre el estado argentino la responsabilidad de investigar y sancionar estos delitos aberrantes. El derecho a la verdad, es un derecho autónomo y se logra a través de éstas causas penales. No sólo es el derecho de las víctimas de las causas, sino también es el derecho de la sociedad toda, de saber qué pasó. El Estado tiene la obligación de no asegurar la impunidad”.

Los relatos del pasado son un campo de disputa, sumergirnos en él nos permite recoger y recuperar momentos, protagonistas y legados de una historia colectiva. Quienes queremos recuperar la memoria de los vencidos, comprendemos que cada avance logrado en el camino del derecho a la verdad, convoca necesariamente esos momentos del pasado que en nuestro presente encuentran nuevas interpretaciones y nuevos sentidos.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Encubrimiento

Fotografía Elias Cura

Por Tina Gardella

La palabra excede lo jurídico. La palabra –esa palabra- da cuenta de cómo lo que se presenta como algo propio de la juricidad también tiene anclajes en la vida cotidiana de nuestro devenir terrenal. ¿A quiénes encubrimos? ¿Qué encubrimos y por qué? ¿Qué hace que una palabra como “cubrir” de pronto devenga en algo ominoso por el simple agregado “en”?

A propósito del Juicio por la desaparición del Soldado Ledo, esa palabra estuvo presente como delito claramente tipificado en tanto debe existir previamente un delito previo encubierto; sabemos: la justicia se encarga de producir hechos jurídicos en virtud de pruebas, testimonios, etc. Pero como los juicios son de todos, la historia es de todos, esos hechos jurídicos interpelan, articulan otros decires ante la imperiosa necesidad –y una cierta obsesión personal- de vincular lo que se juzga desde un presente en constante construcción. Así estallan otras reflexiones.

Por ejemplo acude a este presente la reflexión del filósofo argentino Alejandro Kaufman. En una nota de opinión de marzo de 2018 titulada “Sobre el consentimiento como legado de la dictadura”, Kaufman analiza las diferencias entre encubrimiento y consentimiento. Plantea que no se puede encubrir lo que no se conoce, algo que se sustrajera a la mirada o al entendimiento. El encubridor es partícipe del hecho con posterior a su ejecución y contribuye a que permanezca fuera de la vista. Es responsable de ello. El encubridor puede no haber estado presente en la escena misma del hecho, pero sabe lo que concierne. El encubrimiento es el conocimiento preciso y cercano del que se dispone sobre el hecho de que se trata. El consentimiento en cambio, si bien puede eventualmente coincidir con el encubrimiento, reviste un sentido más amplio y difuso. Se consiente con algo que de algún modo se sabe con vaguedad que ocurre. Se puede consentir con algo que se desconoce. El consentimiento deviene de la contemporaneidad con el hecho.

La sentencia que absuelve a Milani y condena a Sanguinetti a 14 años de prisión de cumplimiento efectivo en su domicilio será apelada. La justicia seguirá su curso...pero las prácticas de memorias activadas durante este juicio han incorporado estas distinciones interesantes: en tanto el encubrimiento deviene en responsabilidades ineludibles, el consentimiento nos permite pensar en nuestro hacer del presente: ¿Qué consentimos y que dejamos de consentir? Para Kaufamn aquello que disipa el consentimiento es solo una pregunta por un suceso del que nada o casi nada se sabe: ¿qué pasó? ¿dónde está? ¿dónde están? ¿qué hicieron? ¿qué no hicieron o qué dejaron de hacer?

 Precisamente porque la ética se funda en la impugnación del consentimiento, para el encubrimiento la justicia recorrerá sus legitimidades institucionalizadas; mientras que para el consentimiento las preguntas serán una y otra y otra y otra...porque son las preguntas las que nunca dejarán de estar como garantía del no consentir. Es lo que nos dejan los juicios en tanto los juicios son de todos, la historia es de todos.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Gramática de la libertad

Fotografía Elías Cura

Por Mariela Roxana Ramos

Argentina ha sido un país de permanentes controversias entramadas, la gran mayoría de ellas, con la política. Herencias, tradiciones, debates y conflictos estuvieron en el centro de la política, como si cada segmento de la vida pública y privada expresara una manera de posicionarse ante los modos, distintos, de pensar y construir la nación.

En esos relatos construidos con diversos retazos, la política se desplegó no sólo como construcción de instituciones o como forma de gestión gubernamental sino también, y de modo decisivo, como espacio de identidades culturales.

Intentamos pensar el país con la idea de regresar sobre las viejas controversias, para reafirmar la convicción tallada intensamente en el cuerpo de nuestra joven democracia, de que no hay posibilidad alguna de pensar y construir la nación “olvidando" los caminos recorridos, dejando atrás sin desatar los nudos de nuestros litigios.

Los relatos del pasado siguen siendo un campo de genuina disputa cultural- simbólica, no puede haber un proyecto de país más justo e igualitario sin redimir la memoria de los que contribuyeron a hacer visibles a los invisibles. En ese cruce, frustrado una y otra vez, por aquellos que nuestra historia han buscado impedirlo con diversas maneras y de modos brutales.

Cada época enfrenta sus propios espectros y sus propias deudas. Se vuelve indispensable hacer cruzar la gramática de la libertad con los lenguajes de memoria, verdad y justicia.

Es viernes 22 de noviembre, día de la música, la lluvia se anuncia en un gris oscuro que tiñe el cielo tucumano. La sala de audiencia recibe los primeros protagonistas de la jornada: Abogados defensores, fiscales, abogadas de la querella, familiares.

“¿Me escucha señor Faneco?”, las palabras del presidente del tribunal dan inicio a la audiencia.

El primer testigo por teleconferencia desde La Rioja: Walter Horacio Faneco responde. Las preguntas intentan recoger datos que reflejen la idoneidad del testigo en el campo de los asuntos jurídicos del ejército; Ha sido ofrecido por la defensa, sus antecedentes profesionales lo preceden.

En su exposición expresa: “Un acta en la esfera militar, es una sintética y clara descripción de la circunstancia en la que se produjo un hecho. La instrucción es el concepto de elaboración de actas, recoge los elementos para completarla. La información es una categoría distinta, de mayor profundidad. Para el caso de la deserción agravada, se exige la información ante la comisión, exige recabar testimonios, las pruebas necesarias, pericias y un tiempo mayor, debe elaborarse un informe.

Su testimonio refiere al artículo 720 del código de justicia militar, allí se describe la deserción agravada, como la ausencia del lugar de destino. La deserción simple se describe en el artículo 716, se registra en el libro de guardia desde el primer día de ausencia, hasta los cinco días, después del cual se debe elaborar el acta de deserción”.

El acta es redactada por los suboficiales, a partir del sargento primero hacia arriba.
El testigo responde tener el legajo de deserción de Alberto Ledo: “ésta es la fotocopia que me envió la defensa, advierto sobre ella que el entonces jefe de la subunidad, ordenó la elaboración a un subalterno. El acta está elaborada adecuadamente, luego se incorporaron la solicitud de pedido de captura. El ejército no salía a buscar a los soldados, se debe requerir a todas las policías del país y a todas las fuerzas de seguridad, requerimiento que hace el jefe de la unidad. El actuante, es decir, quien es designado para elaborar el acta, debe realizarla en tres días y luego dos días para elevarla y pedir la captura”.

En las actuaciones que se encuentra en el legajo de deserción junto al acta, hay una orden del día que dispuso la baja de Ledo, esa orden es del 22 de junio de 1976, el acta de deserción tiene una fecha anterior al decreto de apertura. El acta fue elaborada el 29 de junio a Hs. 10. Las actuaciones quedaron el La Rioja y no siguieron el camino reglamentado.

MAYÚSCULAS Y SIN PUNTO

Marcos Álvarez es el segundo testigo de la jornada, ofrecido por la defensa, tiene sesenta y cinco, militar retirado e ingeniero civil. En su testimonio expresa: “Con César Milani fuimos juntos al colegio militar, egresamos en el ’75, lo encontré en dos o tres oportunidades porque el destacamento de La Rioja estaba en Monteros, Alberto Ledo nunca fue mi amigo, íbamos a la escuela Normal de La Rioja pero él iba un año atrás. Nunca vi a Ledo en Tucumán”.

Al observar el acta de deserción responde: “Dos cosas se me ocurren, primero, es un acta totalmente estandarizada, igual a todas, los párrafos son los mismos determinados en la regla, los segundo, son las abreviaturas militares, todas tienen punto, hay un reglamento escrito en campaña, las abreviaturas no se escriben de cualquier forma. Las abreviaturas están todas con punto, en el medio militar está prohibido. La primera se escribe con mayúscula y sin punto, ¡Como si no la hubiera escrito un general del ejército! Yo como jefe compañía me llevan ésta acta, la devuelvo que se corrija”.

OBEDIENCIA DEBIDA

A las 14 horas se reanuda la audiencia, después del segundo cuarto intermedio. El presidente del tribunal se dirige a Sanguinetti: “Seño Sanguinetti, puede pasar, tiene la palabra para el ejercicio de su defensa material".

Sanguinetti comienza su exposición: “Voy a referirme a la audiencia del 7 y de hoy, noté que algunas veces con bastante ligereza se habló que yo era el jefe de compañía, quien es la máxima autoridad, y es verdad, y en consecuencia es suya la responsabilidad, esto no es así. Lo mejor es consultar el reglamento. Yo era jefe de la compañía pero no era responsable de todo lo que ocurriera, la responsabilidad principal del jefe de compañía está en el éxito de la misión, en cumplir la misión. No es lo mismo autoridad que responsabilidad. Yo tenía que responder a un jefe, yo tenía otro jefe arriba, y ese jefe tenía otro jefe, y así sucesivamente. ¿Pero de dónde emana la responsabilidad militar? De la constitución nacional. El presidente es el comandante en jefe de todas las Fuerzas Armadas de la nación, tiene la máxima autoridad, pero no absoluta, necesita el acuerdo del Senado. El presidente crea cargos, delega diferentes responsabilidades y fija funciones a cada una. Lo establecido en los reglamentos establece hasta dónde llegan las responsabilidades y qué actitudes de un jefe de compañía pueden ser reprochables.

La institución tiene definida, sumamente claro los límites de las responsabilidades, están establecidos con fuerza de ley. La compañía de ingenieros estaba organizada con un grupo comando de compañía y tres secciones de ingenieros. La compañía vial, tenía una determinada misión: Asegurar la transitividad de los caminos de la zafra cañera, por lo cual recibe el apoyo de ingenieros, la brigada por eso quedó agregada. Llegué y me dijeron, ‘éste es el plan para apoyar la zafra en el año ‘76”.

REVISIONISMO HISTÓRICO

“Tucumán arde", la muestra colectiva realizada en 1968, no fue sólo un acontecimiento artístico, fue ante todo un acontecimiento contracultural, en ella arte y política recorren las mismas sendas y las mismas ciénagas.

“Visite Tucumán, el país de las miserias", denuncia la invitación a la experiencia artística vanguardista. Tucumán ardía por los 100 mil desocupados, ardía por los ingenios cerrados, ardía por los 150 mil trabajadores que dejaban la provincia para instalarse en las villas del conurbano bonaerense. La vanguardia artística de 1968 propone intervenir objetos cotidianos, ‘ready mades', reúnen testimonios, cartas, fotografías, relatos y cifras que son exhibidos como objetos artísticos.

La radicalización política atraviesa la realidad tucumana, las puebladas configuran los acontecimientos históricos, otorgando materialidad a los reclamos y malestares de la población. La segunda pueblada se inicia en noviembre de 1970, conocida como “El Tucumanazo", se inicia por el cierre del comedor universitario. En la UNT estudiaban 13 mil jóvenes, son hijos de trabajadores, reclaman derechos que las clases dominantes acumulan como privilegios. Los estudiantes, junto a los obreros y a los ingenios cerrados, trabajadores azucareros, sacerdotes tercermundistas levantan barricadas. El Tucumanazo provoca la renuncia del gobernador de facto Carlos Imbó.

La tercera pueblada sucede en junio de 1972, esta vez el epicentro es la Quinta Agronómica Universitaria. La imagen de una honda gigante, usada por los manifestantes, captura el tiempo histórico.

El 5 de febrero de 1975 Isabel Martínez de Perón, firma el decreto 261 abriendo las puertas del Operativo Independencia, brinda el marco legal al Terrorismo y Estado. Acdel Vilas llega a Tucumán a cargo de la quinta brigada del ejército y se instala en la localidad tucumana de Famaillá con cinco mil hombres. En el diario de campaña Vilas escribe: “La pobreza era sólo una de las condiciones de emergencia y desarrollo de la subversión. La ideología concientizadora era la verdadera causa".

La creación del primer centro clandestino de detención de personas, es instalado en la escuela de Famaillá, allí se interrogaban, torturaban y asesinaban personas, por la escuela pasaron, según el testimonio del propio Vilas, 1500 detenidos, sobrevivieron sólo unos pocos.

“Con el cariño de sus habitantes y el respeto de los soldados dejé Tucumán el 2 de diciembre de 1975, próximo a la navidad. La subversión armada, había sido total y completamente derrotada por un ejército que después de cien años de paz demostraba su capacidad para el combate", las palabras de Vilas son signos del terrorismo de estado que se ensañó con Tucumán, 1975 fue la antesala de los sucesos que ocurrirían en el país un año después.

La gobernación de Tucumán es ocupada por Antonio Domingo Bussi, quien llamó a Vilas estando ya en la capital, para expresarle: “¡Vilas, usted no dejó nada por hacer!” Bussi es formado en la escuela de las Américas en Paraná, pone en práctica el plan de las aldeas estratégicas utilizado en Vietnam por Estados Unidos. Es implacable en la persecución de militantes, sindicalistas, estudiantes, sacerdotes. Incrementa los centros clandestinos, los asesinatos y la desaparición de personas.

El ingenio Santa Lucía ilustra los años de convulsión política que atraviesa Tucumán, hasta su cierre en 1968 trabajaron tres mil obreros, en el ingenio y en el surco, sus trabajadores fueron de los más combativos. En 1976 es convertido en un centro clandestino de detención de personas.

La historia social nos permite desarrollar pensamiento crítico sobre la herencia que nos marca como sujetos históricos. Interpretar el pasado, incluso desde la porción de subjetividad que orienta toda mirada, nos conduce en un itinerario de búsqueda a encontrar nuevos desafíos y respuestas.