domingo, 10 de noviembre de 2013

La Megacausa y los delitos sexuales como delitos de lesa humanidad

  • por Fernanda Rotondo estudiante de Cs. de la Comunicación para el Diario del Juicio

El jueves 22 de agosto J. N. O. dio uno de los testimonios más espectrales en materia de delitos sexuales. Después de 37 años de haberse permitido y obligado a callar, confiesa: “Ya estaba ultrajada, ya estaba hecha un trapo viejo”,  “dejaron desecha mi vida”…Como un eco,  lo repite innumerables veces  hasta caer en las lágrimas.

Aun con la difícil cuestión de cargar con cada palabra y cada instante vivido durante su desaparición, la víctima pide que no se aplique el protocolo de desalojo de sala y se dispone a contar imágenes que todavía no la abandonan.

J. N. de la localidad de Yacuchina, tenía 20 años y trabajaba pelando caña al momento de ser secuestrada junto a otras personas  entre  1975 y 1976. Relata haber sido atada y lanzada arriba de un camión y añade: “te pillaban de la cabeza y de los pies y te tiraban, no importa si eras su padre o su madre”.   En primera  instancia fue llevada a una casa de madera en Santa Lucía y recuerda haber estado en un cuartito junto a muchas otras personas, donde sufrió  las más infames violaciones y amenazas. Relata  que uno de los métodos de tortura a los cuales eran sometidos, además de las violaciones y la picana eléctrica fue “el submarino”, el cual consistía en meterlos de cabeza en tachos de muchos litros de agua y gasoil. Reconoce la situación del “Mocho Rivero” de 15 o 16 años, con quien trabajaba en el cercado de Yacuchina. Era  quien le pedía ayuda hasta el cansancio mientras recibía golpes y  reiteradas torturas con picana eléctrica hasta la muerte.

J. señala haber sido trasladada a Jefatura de Policía donde estuvo en un calabozo rodeada de otras “jaulas” con personas adentro.  En ese lugar recuerda haber curado y atendido  a una mujer embarazada que torturaron tirándole ácido en su estomago. “Se le desgarraba la carne y el espíritu, sin ni siquiera tener agua para subsistir. Ni una gota de nada” – decía. La  secuestrada madre tuvo a su bebe por el terrible agujero en su estómago a causa del ácido y luego fue sentenciada a una rápida muerte en manos de Antonio Bussi. Recalca que no sabe donde fue a parar ese bebe recién nacido. 

“Los gritos de los que llevan el dolor adentro, están siempre presentes…a tu alma no la tienes contigo”. Sonidos que no renuncian y la injusticia de quien no puede ayudar ni ser ayudado ya que todos corrían la misma suerte.
Las sensaciones descriptas por la testigo se sintieron muy cercanas y vivas…para quienes asistíamos ese día.

La mujer confiesa haber presenciado la muerte de muchos de los que se encontraban en cautiverio y la forma en cual la personería militar se deshacía de los cuerpos. “Eran tirados desde un avión a los cerros yacuchinos o quemados”.  Señala a Antonio Bussi como el responsable de las muertes de muchos de los hombres y mujeres secuestrados.

“El único que no me ha abandonado ha sido Dios” repite. Luego de haber sido lanzada de un puente, es  llevada al hospital de Monteros y luego al de San Miguel de Tucumán donde se la trata por la descompensación generalizada y las secuelas de la tortura.
Ese calvario injustificado donde los militares se apropiaron del alma de las personas como si fueran omnipotentes le dejaron esa sensación de sentirse invadida por dentro.  Aun así hace especial  hincapié  en la decisión de Dios de dejarla vivir.

La testigo J. N. O. se retiró con el aplauso de la gente, dejando una pieza de justicia y alivio que le servirá al tribunal para elaborar su veredicto. 

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