martes, 19 de noviembre de 2013

La dimensión humana del sufrimiento

  • por Tina Gardella para el Diario del Juicio

“Recoger la palabra secreta, escuchar lo no testimoniado, ahí nace toda escritura, toda palabra como testimonio” dice Giorgio Agamben.

Así lo hicieron, evidentemente,  los integrantes de la Fiscalía. En su extenso y profundo alegato,  han llevado adelante un recorrido por los diferentes casos que representan las historias de vida truncadas  en los CCD Jefatura y Arsenales.
Pero este recorrido, necesario y propio de las prácticas jurídicas institucionalizadas, estuvo enmarcado no sólo por los testimonios como valor de evidencia probatoria; más allá de lo prolífico e incuestionable de la prueba, se relacionaron  testigos, víctimas, imputados, lugares, tiempos, espacios, hechos, momentos y además, lo no dicho; lo no dicho por indecible.

Desde este lugar, se produjeron nuevas significaciones al poner en acto estatutos íntimos puestos en público en la audiencia oral y que fueran recogidos por la Fiscalía no para su interpretación, sino para hacerlos dialogar con otros estatutos probatorios.
Como por ejemplo, con el conjunto de fosas encontradas en el Arsenal. Más allá de lo contundente de la prueba, el abanico de universos posibles en la construcción de la memoria, fue potenciado en el alegato de la Fiscalía al dar cuenta del estudio y análisis de los circuitos represivos y las lógicas operativas de secuestro, detención y exterminio; pero sobre todo porque, dieron cuenta de las identidades, de las problemáticas más cruentas que significa el tener “identidades sin cuerpos y cuerpos sin identidades”.

Generados por un sistema perverso que planificó y operó para estas dos categorías, el Arsenal y sus fosas acercaron la idea de que conocer el destino de una persona desaparecida, lo que constituye ya su identificación, no significa necesariamente recuperar sus restos corporales.
Como centro de ejecución e inhumación clandestina, el Arsenal se erige además en el símbolo del ocultamiento, donde cadáveres que fueron quemados y removidos, sólo pueden ofrecer pequeñas partículas que se agrandan en el simbolismo de representar la imposibilidad de negar que la separación de cuerpo e identidad ha sido producida por el accionar del Estado y que como tal los responsables de este delito deben ser castigados y esos delitos deben ser reconocidos públicamente por toda la sociedad.

Por otra parte, la identificación de los doce cuerpos en las fosas comunes de Arsenales pudo dar cuenta de circunstancias, historias de militancia, secuencias operativas y marcas epocales que remiten a experiencias políticas, a proyectos sociales, a identidades grupales, a un entramado de presente-pasado-futuro para una memoria dinámica, compleja y en construcción permanente.
A diferencia de las guerras, la desaparición de personas pretendía no dejar huellas. Los CCD estaban pensados para no dejar rastros. El descubrimiento de las fosas clandestinas y el trabajo de identificación del Equipo Argentino de Antropología Forense permitieron que el ocultamiento no se consumara y que la incertidumbre de la familia no persistiera en su rutina destructiva.

Puesto esto en los alegatos de la Fiscalía, todos pudimos compartir que más allá de las diferencias y posturas políticas, culturales o religiosas, la dimensión humana del sufrimiento se hacía carne y estaba representada en el Arsenal desde lo más político de la crueldad: la suspensión indefinida de la verdad para que sus efectos se transmitan de generación en generación.

Objetivo que la Megacausa conjuró desde un principio, sabiendo que más allá de las penas y castigo, la construcción de Memoria, Verdad, Justicia es un camino que no tiene fin.

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