lunes, 4 de noviembre de 2013

El valor del testimonio

  • por Tina Gardella para el Diario del Juicio

Han hablado los imputados y han alegado las querellas.

Han hablado los imputados para certificar una vez más, que detrás de lo terrorífico acontecido no se encuentra la fatalidad sino una estrategia deliberada, y como tal, negada.
Y han hablado las querellas para exponer las razones de sus pedidos de condenas. Han sido jurídicamente solventes,  históricamente precisas y políticamente acertadas.

Pero además han agradecido y destacado, el valor del testimonio; valor desde lo jurídico, desde lo histórico, desde lo político; el valor de ese decir de hombres y mujeres que, cargando su historia y la de quienes no están, dieron cuenta de lo sucedido, en palabra y acto.
El testimonio, lo decía Derrida, como inflexión entre lenguaje y acción, pone en evidencia que no hay lenguaje privado; el testimonio une un duelo, el luto intrínseco de la experiencia traumática en estos casos, al juego formal de lo convencional instituido; para potenciarlo…o para deshacerlo.
En ese sentido, ha sido claramente notorio en el transcurso del juicio, que en esa tradición clásica de la indagación compuesta de testimonios, interrogatorios y narraciones y donde además se concentra la energía de la constitución de la evidencia jurídica, las querellas no solo focalizaron en el rastro histórico de los hechos, sino también sobre las heridas de las personas, las familias y los grupos y comunidades que los padecieron.
Padecimientos no sólo desde ese instante de la suspensión del tiempo al preguntar ¿a dónde nos llevan? o el pedido de despedirse de su pequeño hijito antes de que se lo llevaran…sino el terrible padecimiento de la figura del “desaparecido”,  que es sencillamente imperdonable. Porque suspende el tiempo y fue creada, como una inmensa operación sutil y refinadamente perversa, precisamente para que sus efectos sean prolongados y para mantener lo irreparable de la pérdida. Los acontecimientos del horror han sido producidos como acciones a intervenir en la continuidad transgeneracional y para producir transformaciones histórico-sociales irreversibles. Y así fueron planteados en los alegatos.
Pero también junto a la familia, los amigos, los vecinos, los compañeros,  tuvo su lugar en la querellas, la figura del militante. Los que sobrevivieron y los que no están. No desde un lugar romántico, banal o moralizante, sino desde las elaboraciones reflexivas sobre la propia experiencia, al convertir la situación de víctima en un acto de reflexión.

Si desde lo jurídico, lo histórico y lo político, el aporte de las querellas ha sido invalorable y fuente de reparación esperada y esperable, es desde lo socio-cultural donde su significancia se vuelve preciada, atesorada como lo que alimenta y da fuego a estas nuevas subjetividades que los Juicios de Lesa Humanidad permiten configurar y construir.

Porque es un camino a la comprensión, a entender lo que nunca debió ocurrir, a restablecer las tramas rotas de continuidad histórico-sociales, los desarmados lazos y vínculos sociales;  en fin, todo aquello que nos hace ser y estar en este mundo dispuestos a honrarlo…transformándolo.


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