martes, 15 de noviembre de 2016

Verdugo que suelto estás

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
PH Franco Vera


271 víctimas. 18 imputados.
El testimonio de Estela del Valle Gómez se suma a los numerosos relatos que en estos meses han tenido lugar en la Megacausa Operativo Independencia en la provincia de Tucumán.

Es viernes 4 de noviembre de 2016, Estela del Valle entra a la sala del Tribunal Oral Federal (TOF), se sienta y con mucha sencillez pero total desenvoltura comienza a describir la historia de los hechos que para mediados de enero de 1976, cambiaron por completo la vida de su familia.

En aquella época, los Gómez vivían en la Banda del Río Salí. La familia estaba conformada por Miguel Ángel Gómez, su esposa Victoria López, y los 4 hijos de la pareja que tenían 14, 13, 9 y 7 años de edad. La mayor de 14 años era Estela del Valle, y el de 13 años sufría una discapacidad mental.

A Miguel Ángel le decían ”Canaro” y era el sustento económico de su familia gracias a su trabajo en el Ingenio Concepción como alimentador de calderas. Canaro era también gremialista, lo que determinó que entre el 13 y 16 de enero de 1976, fuera salvajemente golpeado en su propio domicilio, en frente de su esposa e hijos, y finalmente trasladado hacia lugares que son inciertos hasta la fecha, para no volver nunca más.
La testigo e hija mayor del matrimonio, Estela del Valle Gómez, relató que el 13 de enero del 76, alrededor de las 5am la familia se encontraba durmiendo en la vivienda que les fue asignada por el Ingenio, y fueron despertados por un alboroto que había afuera. Justo esa noche había mucha neblina, pero Estela pudo vislumbrar las luces de varios autos que se encontraban estacionados alrededor del hogar.

Enseguida, entró un grupo de personas pateando la puerta de madera de quebracho, y como recientemente había sido pintada por Miguel Ángel, la pisada de la bota de alguno de los sujetos quedó marcada en su superficie como prueba y recordatorio de los actos desafortunados que después tuvieron lugar allí. Canaro no encontraba la llave de la luz, por lo que adentro de la casa se encontraban todos en oscuridad, y los secuestradores se vieron obligados a entrar con linternas alumbrando los rostros de las personas que encontraron en la pequeña sala.

“¡Todos quietos y nadie se mueva!” gritaban los invasores mientras apuntaban con sus armas a la familia entera. “Señora, tápele los ojos a sus hijos, que no vean”.

Lo que siguió fue un llanterío de los hijos de Miguel, mientras observaban cómo le daban una brutal golpiza a éste.
¿Vos te llamas Canaro?
¿Vos te llamas Canaro?
¿Vos te llamas Canaro?
Esas eran las preguntas que le seguían a los golpes que recibió el hombre. Su hija Estela, desesperada y asustada, les tapaba la boca a sus hermanos menores que pedían a gritos que no le pegaran más a su papá. El más chico de todos (7 años), tenía tanto miedo que se orinó en los pantalones mientras un hombre le apuntaba con un arma en la cabeza. El pequeño quedó con secuelas psicológicas luego de la espantosa noche que pasó junto a sus parientes.

-Yo me llamo Miguel Ángel Gómez.- respondió finalmente.
-Ah, a vos te andamos buscando.

La madre de los niños Victoria López, logró prender una lámpara, acto seguido les pidió a los hombres que no se lo llevaran a su esposo, les reclamaba que ya habían hecho allanamientos en la vivienda y que no habían encontrado nada, les decía también que Gómez no andaba en nada malo.

Inmediatamente después de que Miguel Ángel se identificara a sí mismo frente a los agresores, se lo llevaron a la cocina para comenzar a golpearlo de nuevo, y al mismo tiempo, le preguntaban por armas, panfletos y aerosoles. Ante esa situación, Estela les pidió a los hombres que dejaran a su papá, y estos le gritaron obligándola a que se quedara callada. Además, se encargaron de golpearlos a todos, incluido al hijo enfermo de la pareja. “A mis hijos no los toquen, llévenme a mí. Ellos son chicos, no saben nada”, decía la víctima.

Finalmente inspeccionaron toda la casa buscando material; tiraron objetos, rompieron otros, y dejaron un gran desastre a su paso. Se llevaron a Canaro totalmente ensangrentado, con las manos atadas y los ojos vendados, como así también secuestraron la documentación de todos los integrantes de la casa. Al salir, les obligaron a trabar la puerta por dentro. A través del agujero de la cerradura, la familia se quedó viendo cómo se retiraban del lugar todos los autos que se encontraban bordeando la cuadra mientras se llevaban a Miguel Ángel.

Estela asegura que quienes atentaron contra el grupo familiar eran policías, ya que recuerda las botas y vestimenta azul de algunos de ellos. También añadió que todos se encontraban con pasamontañas y estaban encapuchados, por lo que no pudo visualizar el rostro de ninguno.


La búsqueda

Victoria López y Manuel Gómez (hermano de la víctima) emprendieron una persistente búsqueda que tuvo su paso por la Comisaría de La Banda del Río Salí, Jefatura de Policía, Regimiento 19 de Infantería, Comando de la Vª Brigada, Brigada de Investigaciones, etcétera, sin poder encontrar información que aportara al paradero de Miguel Ángel. También, un segundo hermano de la víctima, Bernardo Gómez, presentó un recurso de hábeas corpus sin obtener resultado positivo.

Como era analfabeta, Victoria siempre salía acompañada de su hija Estela a la hora de hacer averiguaciones. En la ocasión en la que se allegaron al Regimiento 19, un militar le dijo a la mujer: “Señora, cuide a su hija. Y no busque más a su marido, porque no existe más”.

En otro momento, Victoria fue a ver al “Tuerto Albornoz” (famoso imputado por delitos de lesa humanidad), a quien conocía por ser su vecino, y le preguntó dónde estaba Miguel Ángel Gómez. “Acá no hay nadie con ese nombre, ya sé quién es”, le habría respondido.

El hermano de Canaro, Manuel Gómez (ya fallecido), recibió una llamada anónima 4 o 5 años después de los hechos, en la que se le avisaba que “un tal Gómez”, quizás Miguel Ángel, se encontraba agonizando en el Hospital Padilla, producto de una herida de bala que había recibido por la espalda. Sin embargo, cuando Manuel acudió al Hospital, no encontró nada. Preguntó a la policía de guardia por su hermano y la respuesta fue que no había ningún Gómez allí, ningún herido de bala.

Hasta el día de hoy, no se sabe qué pasó con Miguel Ángel Gómez, “Canaro”.


La vida después de la desaparición

“Nosotros quedamos desamparados” es la primera respuesta de Estela, suficientemente completa y resumida a la vez.

Casi sin proponérselo, dejó más que clara la evidencia de la complicidad de los sectores empresariales en cuanto a los crímenes que hoy se juzgan, y contó que el Ingenio no realizó ningún pago ni indemnización a la familia, argumentando que Miguel había renunciado (lo cual es falso). Desligándose de la situación de uno de sus obreros, el Ingenio Concepción también les quitó la vivienda, único lugar que tenía la familia para vivir, por lo que debieron mudarse sin recursos materiales ni financieros a otro barrio cerca del Río Salí.

Para poder sobrevivir, Estela abandonó la escuela en su primer año de secundaria y se dedicó a trabajar al igual que su mamá. Además, el menor con discapacidad, necesitaba medicamentos para las convulsiones, entonces ella debía colaborar para poder cuidarlo a él y al resto de sus hermanos. “Era tanta la pobreza que hemos quedado sin nada, sin futuro”, relataba con tristeza a la audiencia que la escuchaba atenta.

A los 15 años (un año después), Estela se fue a vivir a “El Palomar” con una tía, en donde contrajo un noviazgo y quedó embarazada. Muy cerca de esta casa había una base militar, la cual hacía constantes allanamientos a todo el barrio. Un día los militares de esa base se acercaron a la casa donde estaba viviendo Estela, y su tía les permitió que pasaran, asegurando que allí no había nada que ocultar.

“Vos morocha, vení” le dijo un militar a la adolescente que en ese momento tenía varios meses de embarazo. “Qué linda morocha, lástima cómo está”, dijo el hombre que tenía tonada porteña. “A ella le sacaron a su papá” le dijo su tía. Este fue el puntapié para que el hombre comenzara a preguntarle a Estela sobre cómo iba a hacer para cuidar a su bebé. Le preguntaba cómo se las iba a arreglar si su padre estaba desaparecido y su madre no vivía con ella.

"Te hago un trato, si te vas conmigo a donde yo vivo, vas a ir a la escuela. Me presento, me llamo Mario Rodríguez: te ayudo a cuidar a tu bebé" le dijo sin demostrar pudor o vergüenza.

Estela le dijo que no iba a entregarlo en adopción, que ella quería criarlo. La propuesta del hombre implicaba salir de la provincia y vivir en una casa familiar con la esposa de este.

-No te preocupes, nadie te va a quitar nada- intentó asegurarle.
-No, yo no puedo irme a ningún lado sin el consentimiento de mi mamá, no tengo documento, me lo quitaron, ¿cómo quiere que yo viaje con usted?.
-No hay ningún problema, yo te voy a llevar y sé cómo voy a hacer las cosas. Tranquilita usted.

El hombre le dijo que él y su mujer iban a cuidar del bebé porque ellos no tenían uno, y que se iban a encargar de que Estela tuviera la oportunidad de poder estudiar. Solamente tenía que viajar con una pariente de él en un auto con destino a Mendoza.

De esta manera, Mario Rodríguez ordenó a una partera que examine a la joven para certificar que estaba en condiciones de viajar con sus 6 meses de embarazo.

Así fue como la adolescente de padre desaparecido, estudios incompletos, y con un hijo en camino, fue controlada por esta persona Mario Rodríguez, que se la llevó consigo a Mendoza hasta que se cumplieron los tres últimos meses de embarazo. Casi sin ahondar en detalles, contó que inmediatamente después del nacimiento de su bebé, se la llevaron a Rosario de la Frontera.

Pero Estela nunca pudo criar a su hijo, y no sabe nada de él.

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