jueves, 17 de noviembre de 2016

Histórico: se realizó una inspección al ex Ingenio Lules, en donde varios testigos lo reconocieron como antiguo Centro Clandestino de Detención

  • por Fabiana Cruz para el Diario del Juicio
Ex Ingenio Lules, ex Centro Clandestino de Detención
PH Elena Nicolay


El día viernes 11 de noviembre, en el marco del Juicio por delitos de lesa humanidad denominado Operativo Independencia, se realizó una visita domiciliaria a la víctima Orlando Suárez, que por problemas de salud no puede asistir al TOF (Tribunal Oral Federal) para prestar declaración sobre los hechos que lo perjudicaron en el año 1975. Seguidamente, se procedió a hacer una inspección ocular en el Ex Ingenio Lules, en donde 4 testigos señalaron los espacios físicos que fueron tomados por los militares así como las áreas prestadas para el secuestro de personas.

El testimonio de Suárez fue recogido en su vivienda en la ciudad de Lules. A pesar de la lluvia, alrededor de 30 personas (jueces, fiscales, querellas y periodistas) se encontraban presentes para escuchar al testigo, que habló alrededor de una 1 hora. Este se encontraba sentado al frente de una pequeña mesa en su garaje, en donde habían dispuestas 7 sillas aproximadamente, a las que accedieron los jueces y algunos abogados.

Cuenta Orlando Suárez que en el año 1975 residía en la localidad de San Pablo, estaba recién casado y esperaba su primer hijo. Trabaja en el ex Ingenio Lules, en el cual se había instalado una base militar. El testigo relató que por aquellos años “había una nube densa” en el pueblo porque pasaban cosas raras todo el tiempo. La comunicación de los empleados estaba controlada y también se les examinaba periódicamente los documentos. Se apuntaba principalmente contra los sindicalistas que en ese momento estaban en plena lucha debido al pago atrasado de los salarios. Además, el jefe del personal, se ocupaba de señalar personas y pasar información a los militares.
Un día 23 de marzo de 1975, Orlando Suárez asistió al festejo que se estaba dando en el pueblo por el casamiento de Liliana Lazarte y Humberto Carrizo. Pasada la medianoche, ingresaron por la fuerza un grupo de militares y otro grupo de personas vestidas de civil, todos se encontraban armados. Según el testimonio de Suárez, comenzaron a romper todo y luego se encargaron de separar a las mujeres por un lado y a los hombres por el otro. De esta manera fueron detenidos Orlando Suárez, Juan Luis Lavergne, Dora Gladys Lavergne, Claudio Sandoval, Juan Enrique Díaz, Eduardo Oscar Díaz, José Antonio Díaz, Luis Alberto Díaz, José Antonio Díaz, Roberto Eduardo Giambastiani, Sara Carrizo y Raúl Horacio Bracamonte. Todas estas personas fueron atadas de mano y subidas a una de las camionetas que el testigo afirma: eran del Ingenio. Los secuestrados fueron trasladados a la Comisaría de San Pablo, en donde las mujeres fueron liberadas horas más tarde, mientras que los hombres terminaron en el ex Ingenio Lules, donde se procedió a vendarle los ojos a cada uno.

La víctima recuerda que había una casona o chalet en el Ingenio, con un gran patio y enormes árboles. Cuenta que fueron dirigidos hasta ahí, les vendaron los ojos, y ya adentro pudo percibir que habían más personas detenidas. Las torturas fueron inmediatas: les pegaron, los mojaron y les picanearon el cuerpo. Orlando cree que se desmayó porque se despertó con la boca llena de ampollas y no podía tomar agua a causa del dolor. Otra forma de tortura que realizaban los militares, era sacarlos del chalet hacia el gran patio, y hacerles creer que los iban a fusilar. Además, sus captores les ponían armas en las manos (que se encontraban atadas) y les preguntaban si reconocían esos objetos. “Ellos nos querían obligar a que conozcamos las armas, pero yo nunca había tocado un arma”, declara Suárez.

El tiempo que permanecieron en la finca de Lules es de una noche y un día según recuerda el testigo, luego fueron trasladados (los mismos detenidos del casamiento) a otro CCD, precisamente a la Escuelita de Famaillá, pero eso lo supo Orlando luego de su liberación.

En la escuelita, Suárez explica que se escuchaba que afuera pasaban vendedores ambulantes, y que en sus cantos nombraban a Famaillá, por lo que sabía en qué localidad se encontraba. Recuerda que estuvo con los hermanos Juan y Francisco Aranda, y que “Cuco” Aranda (Francisco Aranda) estaba muy golpeado y le repetía muy angustiado que no volvería nuca más a su casa.

Orlando dice que le habían atado tan fuerte la venda de los ojos, que esta se perforó y le lastimó la cara, dando lugar a un pequeño orificio cerca de su ojo, que le permitió visualizar el espacio en el que se encontraba. Comenta que pudo observar un salón muy grande lleno de hombres y mujeres detenidos. Los torturadores eran militares y otros hombres vestidos de civil, algunos tenían tonada porteña mientras que otros parecían del litoral. Todo el tiempo eran castigados y, cuando esto pasaba, ponían música con volumen alto. Una vez le dieron un manotazo muy fuerte en la oreja que lo dejó sordo del oído izquierdo. También los sometían a golpes en simultaneidad con interrogatorios, les decían que alguna conexión tenían con los “subversivos”, que seguramente les daban de comer a los “guerrilleros” del cerro, e inclusive quisieron vincularlos con la caída de un avión de tripulación militar que se dirigía hacia Tafí del Valle. “Imagínese que no teníamos ni para comer, mire si íbamos a estar tirando un avión”.

El hombre relataba que hubo un día que le pegaron tanto, que prefería que lo maten, “la muerte era mejor que la vida en ese momento, me degradaron tanto como persona, que yo… yo no quería vivir. Y le pedía a Dios que me ayude a morir”, decía sin consuelo.

Una vez lo pusieron a Cuco Aranda al lado de él y, aun estando atados, “nos dimos las manos para darnos fuerzas” contaba llorando ante todos los presentes. Enseguida se le alcanzó un vaso de agua, asegurándole que no se preocupara por la situación y que podía tomarse su tiempo para hablar. Suárez, en el garaje de su casa, pedía perdón y continuaba con su testimonio.

La higiene era “cero”, no les daban nada. Cuando fue al baño tuvo que utilizar su calzoncillo para poder limpiarse. “Era tal el olor que teníamos nosotros, que cuando entraban esos hombres (los torturadores) les sentíamos el perfume, el olor a limpio que tenían ellos”.

El pequeño agujero en su venda, le permitió ver a un Cura cómplice de los secuestradores. Estaba vestido con sotana, y se trataba de un hombre gordo cuyo nombre no pudo recordar. Refiriéndose a este hombre y a todos los responsables en general añadió: “lo que han hecho, no sé, Dios los sabrá castigar”.

El testigo declara que luego de tres meses de detención en la Escuelita de Famaillá, le hicieron firmar un papel que no sabía qué decía porque todavía estaba vendado. Al principio se negó a firmar pero lo obligaron diciéndole: “si vos no firmas, te matamos”. Fue liberado alrededor de las 3 de la mañana en muy mal estado.

En lo que respecta a la vida después de su liberación “esa es otra historia”, enuncia el hombre. Cuenta nuevamente que en ese período estaba por ser padre, y que su esposa llevaba meses de embarazo -se interrumpe- y agrega: “ese es mi hijo” e indica a un hombre de unos 40 años que se encuentra escuchando el testimonio atentamente. Orlando Suárez prosigue con su historia y habla acerca de la necesidad de trabajo que tenía en ese momento con su hijo en camino, pero que sin embargo nadie estaba dispuesto a ayudarlo. Un familiar de su esposa tenía un cargo jerárquico en el Ex Ingenio Lules y gracias a él pudo volver, “pero nadie quería estar conmigo”, relata. Cuenta además que lo mandaban a los peores lugares, que teniendo capacidades técnicas le ordenaban limpiar los baños, pero que no importaba tanto ya, “el asunto era trabajar”. En ese trabajo se sintió denigrado todo el tiempo, fue aislado por todos sus compañeros de trabajo y lo siguieron condenando toda su vida. Al último resume: “siempre me marginaban, incluso hasta el día de hoy. Pueblo chico infierno grande.”

Por otra parte, los militares siguieron merodeando durante años su casa, a modo de intimidación.


Dando finalización a sus dichos y observando a todos los presentes en su garaje, Suárez, dijo lo siguiente: “Yo creo que todos somos argentinos con el respeto que se merece él (indica a una persona), con el respeto que se merecen todos, pero parece que nosotros, los del pueblo, no tenemos justicia” y luego de una pausa sentencia: “todos saben quiénes son los torturadores, todos saben quiénes son los asesinos, pero hay un montón de asesinos sueltos todavía, y eso me duele”.

Una vez regresó al ex Ingenio, pero desea no volver nunca más porque todos los recuerdos, dice, le hacen mal.


Inspección Ocular, ex Ingenio Lules

Luego de conocer el relato de Orlando Suárez, la comitiva de jueces, fiscales, querellas y periodistas, se dirigió hacia el ex Ingenio, en donde se encontraron con los 4 testigos. La lluvia no había cesado del todo, por lo que los presentes se resguardaron debajo de la galería del lugar para escuchar los testimonios de: Manuel Andrés Yapura, Miguel Martínez, Mario De Simone y José Abel Ruiz.

La finca de Lules o ex Ingenio Lules, perteneciente a los Nougués, fue el escenario de detención y tortura de Orlando Suárez, Manuel Andrés Yapura, Miguel Martínez, y una gran lista de personas. Yapura es quien comenzó a hablar, y dijo recordar que toda el área se encontraba bajo el control de los militares. Él había sido llevado a esas inmediaciones, en donde le vendaron los ojos y sufrió torturas. A Miguel Martínez por su parte, le retuvieron su documento de identidad y luego lo trasladaron a dicha finca. Los hombres explicaron que en el patio de atrás, se encontraba un chalet (hoy demolido) que tenía dos plantas y un sótano. Primero había sido la casa del administrador, y después pasó a convertirse en la base militar, al igual que la administración del lugar. En diversos testimonios de personas detenidas en aquél lugar, se había puesto especial énfasis en la existencia de grandes árboles en el patio del chalet.

José Ruiz no fue detenido pero es testigo ocular ya que trabajaba para los Nougués en otra empresa y constantemente debía acercarse al ex Ingenio por asuntos laborales. José empezó a hablar y dirigió a todos hacia el patio, en donde de inmediato se pudo constatar con asombrosa certeza el tamaño de aquellos de árboles. Uno de ellos, el más cercano a donde funcionaba el antiguo chalet, tenía sus enormes raíces en la superficie, en donde Martínez recuerda haber estado atado durante su secuestro. Muy cerca de este árbol, podían verse en el piso las marcas de una estructura demolida.

Mario De Simone, si bien estuvo detenido en otro centro, recuerda bien el lugar porque trabajaba como chofer de intendencia, y debía acompañar al entonces intendente de Lules hacia la finca, puesto que este tenía una relación muy cercana con un teniente que estaba al frente de la base.

Todos los testimonios coincidían en la ubicación geográfica de los sitios y su funcionalidad. Además, agregaron que la entrada del lugar, no es la misma que antes, en esos años existía otro portón de ingreso.

Según el fiscal Agustín Chit, el reconocimiento del lugar fue satisfactorio ya que concuerda con numerosos testimonios previos. Ya desde el año 1984 La CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) había realizado la identificación del Ex Ingenio como antiguo lugar de detención forzada de personas. Estas declaraciones por lo tanto, dotan de veracidad a los relatos de las víctimas, y sobre todo, ponen en evidencia la participación y colaboración de empresas en los delitos cometidos por el Operativo Independencia.

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