lunes, 2 de septiembre de 2013

Gestos, palabras y señales de vida...

  • por Tina Gardella para el Diario del Juicio

El 8 de Febrero de este año declaró Juana ante el Tribunal. El 30 de agosto recorrió el lugar donde había estado secuestrada. Se podría pensar que, como dice Gelman, “ya no hay explicaciones, ya no hay nada que pueda ser explicado, solamente queda la palabra poética lanzada a su manera, con sus propios derechos, sin pedir permiso”.

Sin embargo la memoria necesita tanto de la palabra poética como de la palabra explicada. De las voces y de los pasos. De lo dicho y también de los gestos y movimientos. Porque de ese conjunto daba cuenta el estar o no estar, el sentirse vivo y el pensar sobre el destino de ese estar y sentirse vivo.

“Lo primero que me llamó la atención es que cuando entraron a casa me pidieron el documento. Apenas les entregué, lo rompieron en pedazos, mirándome  y diciendo `ya no te va a servir`, relató Juana ante el Tribunal recordando su secuestro en marzo del 76. El gesto, como anticipo de la anulación y la desaparición, cobró vida en el recorrido que Juana y otros sobrevivientes hicieron de la Escuela de Educación Física.

Considerada como uno de los Centros Clandestinos de Detención emblemáticos por lo que significa un espacio universitario, la Escuela de Educación Física fue en el país, uno de los primeros sitios `marcados` como CCD. Un grupo de artistas, a instancias de los Organismos de Derechos Humanos de Tucumán, realizó y montó un mural denunciando el empleo de este espacio educativo por parte del terrorismo de estado. A ese mural  de 1984 le siguió años después, la colocación de una placa como Monumento Histórico de la Memoria en 1998 y la de Sitio Permanente de la Memoria en 2002 por Resolución del Consejo Superior de la UNT.

“No tengo dudas de que era la Escuela de Educación Física. En algún momento estudié allí. Por otra parte sentía el ruido de los aviones porque en ese momento estaba cerca el aeropuerto y también sentía el ruido del trampolín de la pileta de natación. Los casilleros de los vestuarios hacían de pared…”

Lo que Juana también sentía allí, era a Manuel, su marido, que está desaparecido, y a su hijo porque estaba embarazada. Sentía la radio a todo volumen, la tonada litoraleña de los custodios y el acento aporteñado de los torturadores. Sentía que a algún lugar los llevaban después de la tortura. Sus aportes certifican el circuito represivo que finalizaba, en el sentido más literal del verbo, en el Arsenal.

Por lo que caminar, pisar y tocar ese lugar, más allá de los años transcurridos, coloca a ese recorrido en una de las operaciones más significativas para el mantenimiento y custodia de la memoria. Operaciones que no son automáticas y espontáneas ni tampoco puramente prueba jurídica. Son operaciones como procesos que se desarrollan en el tiempo, que implican sentidos sociales y colectivos y sobre todo, la voluntad firme y segura de quien como Juana, pudo procesar su cárcel, la juventud trastocada, la ausencia de Manuel, la presencia de su hijo querido, las palabras y los gestos que dan cuenta de las señales de vida que aguerridamente la acompañan.

La pregunta que se nos instala es cuánto de su recorrido material y simbólico, cuanto de su dolor y de su memoria se explayan hacia ese mismo sitio, caminado ahora junto a otros sobrevivientes, junto a jueces, querellantes y defensores, junto a periodistas y estudiantes…
Cuánto será que impacta este reconocimiento en quienes allí estudian y lo habitan…
Cuánto y cómo procesan estas intervenciones, estos sitios de la memoria que no son sólo lugares concretos y materiales sino también espacios simbólicos que en el inconsciente colectivo forman parte del acerco cultural y político de una comunidad…
Cuánto se podrá avanzar en considerar que al mural de los artistas de 1984 y a las placas de las autoridades en cuanto a lugar y sitio de la memoria de 1998 y 2002, se le pueda agregar este recorrido movilizador para la comunidad educativa de la Escuela de Educación Física como único reaseguro de la apropiación de la historia y la memoria, más allá de Juana y los demás sobrevivientes, del Juicio y el castigo a los culpables.

Cuanto de razón podrá tener Gelman al señalar que “tal vez estos no sean tiempos para la pasión, pero no son tiempos para la indiferencia.”


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