lunes, 16 de septiembre de 2013

Crónica de un reconocimiento histórico

  • por Natalia Espinosa estudiante de Ciencias de la Comunicación para el Diario del Juicio
Fotos: Carolina Frangoulis


El viernes 13 de Septiembre, se realizó la inspección ocular en uno de los centros clandestinos de detención (CCD) más importantes del norte del país: el Arsenal Miguel de Azcuénaga. Los testigos fueron recorriendo lugares de referencia donde estuvieron detenidos en la última dictadura militar. El dolor palpitaba en sus voces pero no impidió que relatasen los horrores vividos allí.
El recorrido nos desplazó ineludiblemente al Galpón número 9. El recinto todavía conserva el alambrado original, allí se encontraban también las casillas de torturas (que fueron demolidas) y el galpón. Divido en dos con entradas independientes, el edificio conserva aún los vestigios que no se han podido quitar a la hora de borrar evidencias: marcas de brea en las esquinas y las juntas de la pared, delimitaciones de espacios individuales y reducidos donde fueron alojados los detenidos, pequeñas ventanas enrejadas por donde apenas entra luz, y pequeñas aberturas en las paredes externas conocidas como respiraderos.

“Sabíamos que nos espiaban y nos controlaban por las ventanas… porque yo había encontrado un pedacito de Gillette y estaba cortándome las uñas y entró el jefe de guardia… ellos usaban unos látigos que hacían con un trenzado de cuatro, cinco cables; y me sacó a los latigazos limpios por todo el campo aquel. Casi me mata, estuve una semana sin poder caminar” relata un testigo mientras señala el lugar.

Sumergidos en sus recuerdos, los sobrevivientes al CCD el Arsenal manifiestan al tribunal todo lo que sus sentidos percibieron durante su privación ilegítima de la libertad.

“El cuatro o cinco de Diciembre del 76’ nos cortaban trapos para taparnos los ojos y los oídos para que no escuchar la ráfaga del tiroteo, adentro sabíamos que había empezado el fusilamiento” “Se sentían las ametralladoras cuando mataron a Iramain y a todos ellos. Sí, se sentían los tiros y se sentía el tiro de gracia después” agregaron otras testigos. Para constatar los relatos de las víctimas se dispuso hacer dos disparos a cien metros, que movilizaron a todos los concurrentes, y se escucharon perfectamente desde el galpón.


“Las casillas de torturas estaba por ahí atrás. Muchas veces nos dejaban colgando afuera, nos dejaban ahí después de la tortura en “el ablande” como le decían ellos. Mientras se movía siguiendo sus recuerdos, relata: “…acá en éste lugar, murió José Luis Maldonado. Tenía tétanos y aunque el doctor nos indicaba qué hacer, lo único que había para darle era aspirina o alguna cosa así”.

Los horrores descriptos por los testigos fueron dejando detrás un manto de silencio y conmoción. Los familiares de las víctimas y el resto de los participantes escucharon con atención sus testimonios, sin poder evitar sentir una mezcla de angustia e impotencia ante lo ocurrido y solidariamente se acercaron a darse alguna muestra de afecto, algún abrazo o apretón de manos para mitigar un poco el dolor.

Pasado el mediodía, la comitiva se desplazó hacia las fosas. Quizás fue el momento más escalofriante para los presentes, contemplar los cinco pozos donde fueron inhumados los cuerpos. En uno de ellos se encontraron “trece restos humanos, doce de ellos identificados” señaló Juan Nóbile, antropólogo. Entre ellos se encuentran José Máximo Tapia, Damián Octavio Márquez, Pedro Guillermo Corroto, ,Juan Ángel Jiménez, Avelino Alarcón, Miguel Avelino Alarcón, Hugo Alarcón, Ricardo Salinas, Felipe Urueña, Rosario Argañaráz, Eduardo Vizcarra y José Maldonado. Junto a ellos se encontraron objetos utilizados para incendiar las fosas como cubiertas y trapos, así como también monedas, cospeles, sogas producto de ataduras y otros. Además, Nóbile explicó al tribunal cómo fueron removidas las fosas y luego reutilizadas, por lo que no se pudo determinar cuántas veces se usó ni cuántos cuerpos fueron inhumados allí.

Las fosas.

A 37 años de la dictadura continúa la incertidumbre para los familiares, 37 años de vivir con la ausencia y el desamparo, 37 años de no poder darles un entierro digno a sus parientes, 37 años de no saber dónde llevar una flor… Espontáneamente se armó un altar junto a las fosas. Familiares colocaron allí fotos, un mensaje diciendo: “Abuelo te extraño, tu nieto Santi” y una flor.

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