martes, 28 de mayo de 2013

Ahí vienen esos comegente a llevarse a mi hijo

  • por Gabriela Cruz del Colectivo La Palta para el Diario del Juicio

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en que asechaban unos terribles monstruos. Ellos aparecían de la oscuridad, avanzaban por las calles en plena noche. Nadie sabe bien como elegían las casas a las que entraban, nadie entendió jamás cómo decidían a quienes capturaban y mucho menos a quienes soltaban.
Los monstruos se llevaban a la gente, a veces la gente volvía, y ya no parecía ser la misma. Otras veces parecía que ‘los comegente’ verdaderamente se los había comido. El terror se instaló entre los pobladores. Los padres temían por sus hijos, los hijos temían por sus padres, las madres sentían que incluso antes de nacer sus hijos ya eran sospechosos. Agarrarse fuerte de las manos no alcanzaba. Dicen que se alimentaban del miedo.
Con el tiempo, ‘los comegente’ ganaron más poder. Salieron a plena luz del día, se llevaban las personas de las calles, de los trabajos, de las escuelas, de las universidades. Pero nunca abandonaron la costumbre de llevárselos de sus casas

Esto, que bien podría haber sido una leyenda, no lo fue. “Ahí vienen esos comegente a llevarse mi hijo”, dijo la madre de Ramón Castellano cuando lo secuestraron. Eran monstruos, pero de carne y hueso. Ramón fue uno de los sobrevivientes “Yo perdí la cabeza de tanto que me han garroteado”, dijo en la audiencia del viernes 24, “tenía sed pero tenía miedo de pedir agua, me tomaba mi orina”, agregó. Ramón era un pelador de caña, tenía 25 años y no sabía ni leer ni escribir, “Me pegaban de gusto, me han llevado de gusto”, dijo Castellano sin entender todavía por qué estuvo tres meses en cautiverio soportando las torturas, viviendo tanto horror.

A Enrique Sánchez también se lo llevaron. Él vivía con su esposa y con su hijo de apenas un mes. Era estudiante de bioquímica y delegado estudiantil. Alicia Noli era su esposa, desde que se llevaron a Enrique no paró de buscarlo. En su búsqueda no dudó en enfrentarse a ese monstruo. Hoy, a casi 37 años, en su rol de querellante y de testigo, mira al monstruo cara a cara y le sigue preguntando por su esposo y padre de su hijo. En la audiencia del jueves 23, Alicia contó que mientras se llevaban a Enrique ella le prometió entre gritos “Te voy a seguir”, y sigue. En el camino colaboró para que se recupere la memoria colectiva y la verdad y para que de una vez llegue la justicia. Es que Alicia fue asesora ad honorem de la Comisión Bicameral, enfrentó intimidaciones y amenazas, pero asida a su promesa, sigue.

Margarita Laskowski tampoco entiende por qué se la llevaron. Ella y su esposo Adolfo Méndez fueron sacados de su casa. Tampoco entiende por qué si ya habían decidido que no tenía ‘nada que ver’, la tuvieron por más de un mes en aquel infierno que era ‘Arsenales’. “Esta no tiene nombre de guerra”, le habían dicho y la separaron de su esposo a quien no volvió a ver.
“Todo era muy perverso, muy siniestro. Tan perverso y siniestro que yo tardé años en empezar a hablar de estas cosas”, reflexionó Margarita que con sus palabras transmitió un sinnúmero de sensaciones. “Todo el tiempo mientras duró la dictadura sentí que estaba presa en una celda más grande”, expresó ante el tribunal. “En ese lugar había todos los olores del mundo, pero el más fuerte era el del miedo”, agregó, y no dejó dudas que aquellos monstruos de alimentaban del miedo y de la destrucción. “La dictadura destruyó mi vida…recién ahora puedo tratar de reconstruir quién soy”, concluyó esta mujer que no se imaginaba lo que viviría el día siguiente.

Como narra la supuesta leyenda, nadie entendía cómo decidían a quienes capturaban. Héctor Galván fue secuestrado en Santiago del Estero, allí lo tuvieron hasta que decidieron trasladarlo a la provincia de Tucumán. El terror, con el que quisieron paralizarlo, echó raíces en su cuerpo y en su espíritu. Pero con la fuerza del que sobrevivió al horror, enfrenta sus propios fantasmas. Una muestra de esto fue su presencia ante el Tribunal Oral Federal, donde con una voz ahogada de dolor y llanto contó su paso por el infierno. Allí vio a Mario y a Osvaldo Giribaldi, habló con un señor al que le hacían cantar tangos “con mucha tristeza y penas, Salinas le decían”. Y como muestra de la incomprensión al criterio para elegir las víctimas, Tito, como le dicen a Héctor Galván, habló sobre el joven jujeño, vendedor de diarios en Tucumán. Cuando Tito contó que a este joven, además de violarlo “le metían ramas”, que estaba muy infectado como consecuencia de ello, no hay cómo dudar que se trataba de monstruos, que de humanos solo tenían el cuerpo.
Pero esos monstruos no se han ido, ahí están. Algunos de ellos les toca ser juzgados en estos días, otros, se murieron en el proceso. Algunas victorias que se cuentan es saber que la vejez que se llevó a uno de los peores, se lo llevó juzgado, condenado y encarcelado. Otras victorias son menos resonantes, pero quizás más importantes porque son victorias llenas de vida a pesar del horror transcurrido.

Una de esas victorias se vivió el viernes en la puerta del Tribunal Oral Federal. Margarita Laskowski, que había dado su testimonio el jueves, había contado que cuando la liberaron compartió el vehículo con una mujer embarazada, la ‘Panzona’ le decían. Dijo que nunca más supo de ella, dijo que no sabía ni su nombre. Mara, como le dicen sus amigos, vino desde Buenos Aires y quiso estar presente el viernes en la audiencia para ser parte de este juicio histórico. Y entonces escuchó un testimonio que al principio parecía uno más, que luego supo que no era uno más.
Ernestina Teresa Yackel contó en aquella audiencia que la secuestraron junto a su esposo, el cura ‘tercermundista’ René Nieva. René permanece desaparecido. A esta mujer, que cuando se la llevaron estaba embarazada de dos meses, la liberaron cinco meses después. La narración de Ernestina hizo que tanto Margarita como las abogadas querellantes que la representan escuchen con mayor atención este testimonio. Ante algunas preguntas no quedaron más dudas.
En la puerta del TOF fueron muchos los familiares de víctimas del terrorismo de Estado que se unieron con la mirada al abrazo de Mara y ‘la Panzona’. Se conocieron y se reconocieron por primera vez, ahí, ante la mirada de todos en el lugar donde la justicia se hace presente también en estas otras formas.


Esos monstruos no imaginaron su derrota, no pensaron que la lucha y la constancia de las madres, de los hijos y las hijas, de los nietos, de los sobrevivientes, los iba a sentar del otro lado. No imaginaron que una vez el miedo del que se alimentaban iba a ser un humo oscuro, que intimida, pero que después de atravesarlo solo hay la luz del nuevo día.

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