viernes, 15 de marzo de 2013

Las casas, los objetos y las cosas


por Tina Gardella para el Diario del Juicio

El cuarto juez, el juez sustituto, le preguntó a la testigo por el mobiliario de esa casa de calle Frías Silva que según decía conocer muy bien por haber trabajado allí para una “señora de edad”. Cuando la testigo afirmó que de las dos habitaciones una se ocupaba como dormitorio y que en ese dormitorio había una cama matrimonial y otra cama pequeña, el fantasma de los Araldi-Oesterheld se adueñó del silencio de la sala.
Muebles u objetos, no sólo fueron testigos mudos de la irrupción violenta y la cotidianeidad estallada; también dan cuenta de las tramas y rutinas de la vida familiar. “Cuando cumplí un año, vinieron mis abuelos paternos y festejamos mi cumpleaños en esa casa…tengo una foto que registró ese día”, comenta  al tribunal, atesorando el recuerdo, Fernando, el hijo depositado en la Casa Cuna por las fuerzas represivas.

Una casa que deja de ser habitada por unos y esa cama que deja de ser ocupada, no son sólo una casa vacía o una cama sin ellos. Los objetos y las cosas son en ese sentido un soporte para lo que Alejandro Kaufam definía en la  charla inaugural  de la Fundación Memorias e Identidades del Tucumán,  como “los modos de organización del sistema de pautas y expectativas que sostienen los derroteros de nuestros comportamientos e intercambios simbólicos”. Cuando uno abre la canilla espera que salga agua; uno se acuesta en una cama y espera despertar al otro día en la misma cama – ejemplificaba Kaufman.
Es que ante lo que pueda suceder, tenemos expectativas, formas de responder, posibilidades para el hacer, que se van construyendo con diversos grados de sorpresas e incertidumbres. Suprimir al otro en su cuerpo, su cultura, su pensamiento, es decir, eliminar esa existencia humana, no era esperado ni tampoco se creía que ocurriera; pero ocurrió. Casas, muebles, objetos, también dieron cuenta de ello.

Marta Lía, en su lucidez y agudeza para contextualizar políticamente los momentos que vivió su familia, se detiene una y otra vez acerca del derrotero de su casa. Asistida por su hijo Juan, en una clara muestra del sentido y espíritu del programa de acompañamiento a testigos que privilegia lo “profesional” más que el “profesionalismo”, le cuenta al tribunal que cuando regresó de Bolivia a donde había ido para salvar su vida, su casa en la localidad de Alderetes estaba ocupada. “Cuando en democracia pudimos  denunciar el hecho y finalmente recuperarla, el oficial que se había adueñado de la casa, tiró por la ventana platos, vasos, ollas y fuentes, rompió sillas y mesas, destrozó ventanas y puertas”… y agrega, con el asombro penoso que le dura, que una vecina que vivía al frente, sufrió un infarto ante la escena de la sinrazón.

Nuestro taller era el orgullo de la familia y también orgullo para los tucumanos” –cuenta Julio César, con la rabia y el dolor contenidos en tantos años. Cuando secuestran a su hermano, el taller sufre el saqueo de las fuerzas represivas. “Rulemanes, herramientas, repuestos, bancos de prueba y hasta 100 documentos que teníamos para cobrar, se robaron. Desmantelaron el taller. Desmantelaron la familia. Tomándose su tiempo para enumerar despacio, como masticando cada letra, una a una  las herramientas robadas, reflexiona ante el tribunal acerca que el objetivo del saqueo no era solamente el interés material, sino el aislamiento de la familia al dejarla sin posibilidad de trabajo y referenciación social. Objetivo no logrado- enfatiza- por el “cinturón” de amigos incondicionales de la familia que se turnaban por día para solventar los gastos familiares.

La densidad simbólica de la escena de los juicios de lesa humanidad está construida no solo por el relato sobreviviente, el testimonio militante o el acompañamiento perspicaz. También lo hacen esos objetos y cosas que permiten instalar la naturaleza del horror más allá de los centros clandestinos: su inscripción en una vida cotidiana que de pronto los llevó al destino incierto de apropiamiento y destrucción es otra forma de verificar como se construía el terror.
Pero además, y esto es lo más importante, estas casas, muebles, objetos u cosas están para decirnos que la relación con la memoria tiene anclajes materiales y que nombrados y atesorados por los testigos, cobran una presencialidad que los hace formar parte de las prácticas que suponen las respuestas y/o iniciativas  que desde el presente nos empeñamos en construir en pos de Memoria, Verdad, Justicia.

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